José Echegaray (1832-1916) fue uno de esos personajes de la historia de
España que plasmó con brillantez la necesidad de entender el conocimiento, el
saber, de un modo pleno, trascendiendo la especialización. Y también, pero ya
por razones externas a su persona, evidenció uno de los eternos vicios del ser
humano, al que más adelante me referiré.
Echegaray fue, en su base intelectual, un científico, ingeniero de
caminos y profesor de matemáticas, geometría, física, entre otras disciplinas. Esto
es relevante al tratarse de una persona que pasó a desempeñar cargos políticos
durante el denominado Sexenio Revolucionario, como Director General de Obras
Públicas y posteriormente como Ministro de Fomento y de Hacienda. A ello unió
su inquietud literaria, junto con una enorme capacidad de trabajo, que
fructificó en una prolífica obra escrita, en especial en la faceta de
dramaturgo, hasta conseguir el Premio Nobel de Literatura en el año 1904.
Dentro de sus intervenciones parlamentarias, en las que se ponía de
manifiesto la categoría intelectual de Echegaray -irrepetible y, por desgracia,
después de más de un siglo, sin nadie que consiga hacerle siquiera sombra- tiene
una especial trascendencia un debate celebrado el día 5 de mayo de 1869, sobre
el proyecto de Constitución revolucionaria, y en particular en cuanto a la
cuestión religiosa. Llama poderosamente la atención que la disertación de un
hombre de ciencia se fundamente en aspectos meta-normativos, asentados en el ámbito
moral, en el derecho natural como principio estructural de aquellos valores
primordiales, inmutables y eternos que justifican la existencia de las normas
jurídico-positivas como instrumento de defensa y reconocimiento de tales
principios. Y esta consideración proviene de un intelectual de la ciencia, por
lo tanto, de un empirista o, si se quiere, de un positivista en términos
jurídicos. El enlace entre el derecho natural y el derecho positivo, para
Echegaray, tiene el rigor de la geometría, de la matemática. Detrás de la
ciencia, detrás de la ley, algo más y mucho más relevante justifica la
materialización de las normas de una y otra índole:
“(…) la revolución ha proclamado los derechos
individuales como derechos superiores a la ley, como derechos superiores al
legislador, como derechos superiores a la voluntad de una Cámara, como derechos
que no pueden estar al azar de una votación, como derechos que vienen de lo
íntimo de la naturaleza humana, que se fundan en las grandes leyes, en las
leyes trascendentales que rigen a la sociedad (…)”
Por lo tanto, la razón humana libre -en palabras de un científico-, sin ningún tipo de encorsetamiento dogmático, sin censura, es el fundamento de la creación de esos valores y principios éticos sobre los que las leyes han de edificarse, siendo, a sensu contrario, una ley absolutamente monstruosa, un mero artefacto al servicio del poder adoctrinador de turno, aquella que no permita que desde la razón emanen tales valores esenciales. Estamos, pues, en presencia de un iusnaturalismo racionalista:
“El pensamiento no puede estar encerrado dentro de
fórmulas teológicas; el pensamiento necesita espacio, necesita libertad, necesita
atmósfera, necesita extenderse, necesita grandes hipótesis, necesita grandes
tentativas, grandes equivocaciones a veces; pero necesita equivocarse de esta
manera para alcanzar con enérgica fuerza, con fuerza propia, la verdad en la
ciencia, la verdad en la filosofía, la verdad en la metafísica. El pensamiento
encerrado en moldes teológicos o se ahoga, o en ellos muere por asfixia, o los
rompe y estalla: por fortuna la historia nos dice que siempre los ha roto.”
Y consuma Echegaray su intervención con unas palabras que subliman la
unión del conocimiento, el entrelazamiento de ciencia y filosofía, de matemática
y religión, de convivencia armoniosa y racional del saber, acertando de pleno:
“La ciencia ama la religión, solo que la ama a su manera:
no se encierra en ella, no se ahoga en ella; es como el águila, que ama las montañas,
que pasa de unas a otras, que se posa un momento en la más elevada, pero que
después tiende su vuelo, sube a las nubes, se pierde en el espacio, y las
montañas ahí se quedan, colosales.”
Una manifestación metafórica, de corte literario, propia de un Premio
Nobel. Cuánto se echan de menos estas intervenciones, hoy imposibles. En aquel
momento, cuando la pronunció, según consta en el Diario de Sesiones de las
Cortes Constituyentes, todos los diputados aplaudieron a Echegaray, dando
muestra de altura intelectual.
Una nobleza de ánimo que, no obstante, en su época tampoco fue la regla
general, ni mucho menos, y en eso enlazamos ya con el presente: hubo
intelectuales -algunos con cierto renombre entonces y ahora- que, en cuanto
conocieron el fallo de la Academia Sueca, ardieron de una manera incontenible,
no limitándose a la tan propia expresión de ese conocido mal patrio como es el mirar
y callar -en silencios que hablan por sí solos, más bien gritan- sino que excretaron
todo tipo de improperios, incluso públicamente, en una clara muestra del
sentimiento carcomiente que habría, sin duda, dado lugar a que todos ellos
fueran un gran modelo para el pintor francés Théodore Géricault cuando plasmó
en el lienzo llamado la monomanía de la envidia a ésta como una mujer de
torva y enrojecida mirada que aprieta los labios con rabia simulando -forzando-
una sonrisa mientras observa de perfil.
“Con raras excepciones, más he sido un espectador interesado
en la tragicomedia de la cosa pública, que un actor que se inspira en su
papel”
“La gratitud es crimen cuando ataja
el camino a la justicia.”
“Las matemáticas forman una salsa que viene bien a todos
los guisos del espíritu. Armonizan con la música y el arte en general.”
“¡La belleza! Lo que es no lo sabemos por ahora con
certidumbre matemática; quizá no lo sepamos nunca. Pero la belleza es algo que
existe, que palpita en la naturaleza, y que, así como la ola que llega a la
playa rompe en espuma…”
