viernes, 31 de julio de 2026

Michel de Montaigne: yo soy el tema de mi propia obra

 

Ha sido un planteamiento no precisamente residual el considerar que Michel de Montaigne (1533-1592) no puede calificarse como un genuino filósofo, sino como un escritor que, de una forma peculiar, escribió su autobiografía. Y lo hizo a través del ensayo, precisamente en un conjunto de obras que denominó así: Ensayos, por lo que se le considera el fundador de este estilo literario. No obstante, no descarto que esa opinión sobre el autor esté en buena medida condicionada por algo que el propio Montaigne afirmaba que existía en la condición humana: un cierto nivel de arrogancia, de prepotencia; de tal modo que todo aquello que de alguna manera se sale de las formas habituales de proceder no tiende precisamente a ensalzarse, sino a menospreciarse. La realidad es que nuestro pensador francés fue un humanista en estado puro, pues el objeto de su obra era estudiarse a sí mismo, pero no como un acto de altanería o de presunción, sino como un ejercicio honesto para llegar a tomar conocimiento de la realidad por el medio más cercano posible, que es la propia identidad, el yo, asumiendo virtudes y también defectos, no descartando las inseguridades o los vicios. Llegó a rubricar, prácticamente como un lema propio, la siguiente frase: “¿Qué se yo?”, como símbolo de la consciencia de las limitaciones propias y como acto de humildad. Montaigne, al estudiarse a él mismo en sus ensayos, estudiaba al género humano.

Y no le faltaba razón en su enfoque: es cierto que quien piensa, quien filosofa sobre la realidad y los acontecimientos, lo hace desde el puro subjetivismo, como una manifestación o una emanación de su propia persona. Así es, y no solo en el ámbito filosófico: cualquier relato, novela, artículo es la plasmación del autor, de su opinión y hasta de su vida. Por lo tanto, lo que Montaigne venía a postular es la necesidad de no tomar como objetivo lo que siempre es subjetivo. Él era sumamente suspicaz con todos aquellos que desde sus púlpitos (políticos, religiosos) hablaban como si lo que estuvieran diciendo fuera el paradigma de la verdad, la realidad incontestable. Renegaba de ello porque lo único que tenía claro es que él mismo – un ser humano, igual que aquel que se presentaba como paladín de la verdad – era un conjunto de dudas y de debilidades, de tal manera que si él pontificara o emitiera afirmaciones irrefutables estaría actuando en contra de su propia naturaleza, realizando una literal puesta en escena y procediendo con un fin en muy buena medida engañoso, para así obtener algún tipo de ventaja.

Consecuentemente, Montaigne, hombre muy culto, con un conocimiento natural del latín, del griego y del francés, fiel seguidor de la filosofía de los clásicos, desde Séneca a Cicerón, licenciado en Leyes y magistrado, fue un relativista en todos los ámbitos del conocimiento, lo que necesariamente conlleva a la crítica, al cuestionamiento de todo, porque ese todo no es sino un planteamiento construido sobre la base de opiniones de terceros.

Sí había algo en lo que Montaigne no dudaba: la necesidad de que la vida humana tuviera un soporte ético, siendo este elemento el único que permite superar la apariencia de una realidad construida a partir del puro subjetivismo y así sustentar la convivencia, siendo la ética uno de los pocos reductos de certeza. No creía por ello en Maquiavelo, al considerar que lo que hacía era describir un comportamiento meramente externo en el campo político (como reino de las apariencias) pero sin entrar en el fondo, y sí en Cicerón, para quien lo importante era ser bueno, aunque uno no fuera recordado por ello. Ese humanismo clásico de Montaigne fue la premisa de su pensamiento ético. Resuena en toda su obra.

Como magistrado, estos mismos planteamientos los extendió a lo jurídico. El Derecho es construcción humana, sujeto a cambios por el devenir de los años y la variabilidad de las manos que ostentan el poder. Solo cierto fundamento superior al jurídico podrá mantenerse invariable con el tiempo y no permitir que la ley, como obra humana, se corrompa para atender no a la justicia, sino a las necesidades de quien la elabora y dicta, y evitará, también, que quien ha de aplicarlas pueda caer ante la presión o la dádiva. Montaigne lo conocía muy bien, porque fue jurista teórico y práctico, además de pensador.

En definitiva: la puesta en escena que la vida supone se revela desde una crítica nacida del conocimiento de uno mismo, pues aquello que brilla y que se esconde en cada uno también lo hace en los demás, y conlleva a una duda en cuanto a la rectitud de lo que se hace y a la fehaciencia de lo que se dice que se proyecta, también, a la justicia.

“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha.”

“Cien veces al día burlamos nuestros propios defectos censurándolos en los demás.”

“Mil rutas se apartan del fin elegido, pero hay una que llega a él.”

“Las leyes mantienen su crédito no porque sean justas, sino porque son leyes.”

“Quien se conoce, conoce también a los demás, porque todo hombre lleva la forma entera de la condición humana.”



Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 

 

 

miércoles, 1 de julio de 2026

Jacinto Benavente: la red de intereses que lleva a la corrupción

 

Entre los escritores españoles galardonados con el Premio Nobel de Literatura se encuentra un autor muy especial, no solo por su fina ironía, sino también por ser un fiel cronista de la condición humana y un visionario, pues lo que refirió en sus obras es atemporal. Jacinto Benavente nació en Madrid, en la calle del León, en pleno Barrio de las Letras, en el año 1.866. Fue un hombre muy inteligente que pronto destacó en su condición de dramaturgo, y llegó incluso a ser sacado a hombros desde el Teatro Lara hasta su casa. No era para menos, porque Jacinto Benavente, con un estilo ameno, naturalista, alejado de la filigrana, creaba unas escenas sobre las tablas que, aparte de entretenidas, eran sumamente próximas y mordaces, poniendo de manifiesto las muchas vergüenzas de las relaciones sociales, y ello contribuía a que el público tuviera un especial gusto por sus obras, porque eran en cierta forma liberadoras y la plasmación de lo que todos veían en la vida real y pensaban de puertas para adentro.

La malquerida y Los intereses creados son dos de sus producciones más reconocidas. Esta última me lleva a plantear, como hiciera el propio Benavente, una reflexión sobre la realidad de las conveniencias sociales y del ejercicio del poder público.

El argumento de Los intereses creados es conocido: dos amigos pícaros, Leandro y Crispín, llegan a una ciudad potentada y pretenden hacer fortuna, pero no en buena lid, sino a base de engaños. Como Leandro es el guapo del dúo, Crispín le presenta como un galán con dinero y de este modo trata de obtener prestados muchos beneficios de la alta sociedad de la ciudad, que se cree, por su apariencia, las milongas que cuenta. Además, trata de emparejarse con la hija de un rico y lo consigue, aunque más adelante ese emparejamiento ficticio por parte de Leandro pasa a ser real, su futuro suegro se entera de la realidad y empieza un juego social, con el poder judicial incluido, en el que todos los que habían hecho negocios con Leandro al final se hacen los despistados porque ellos mismos son otros truhanes que han conseguido sus riquezas de manera oblicua y cuando el asunto llega a un juez por presunta estafa, éste, influido por el poder económico de la ciudad -es decir, contaminado- a base de argucias legales y de pomposidades argumentativas dilata todos los plazos para que el asunto no llegue a ninguna parte y así continúe la dinámica entre todos, porque en el fondo todos son iguales.

Así pues, Jacinto Benavente está haciendo en Los intereses creados una genuina plasmación -humorística, sí, pero muy contundente, hasta llegar prácticamente al sarcasmo- de lo que es la realidad de las relaciones humanas, para nada aposentadas en el altruismo, y describir un auténtico sistema encubierto donde la ética brilla por su ausencia, siendo el principio rector de toda interacción entre unos y otros el ánimo de lucro, unas veces obteniéndolo y otras en grado de tentativa, pero esa es la realidad del funcionamiento de la sociedad: el aprovechamiento en el sentido más amplio del término, hasta lo histriónico, hasta lo delictivo.

Conclusión de esta puesta en escena de la mano del Premio Nobel es que, en verdad, él está meramente trasladando a las tablas la obra de teatro, la simulación, que acontece en la vida corriente, en el día a día.

En aquella época, quizá como única diferencia, se guardaban más las apariencias, y bajo una pátina de finura y de impostada educación los unos y los otros se relacionaban entre sí con los mismos objetivos que hoy. Pero en la actualidad ni siquiera esa muy endeble cobertura se mantiene, porque no se respetan las formas por la falta completa de educación, de cortesía y el neto bestialismo de los procederes ya desbocado.

En la esfera pública esto es incuestionable, y el sumo grado de infiltración de la red clientelar y de intereses que a Benavente inspiró, hoy, por desgracia, es un lamentable hecho. Solo quienes mantengan la ética por encima de presiones, ofrecimientos e impresentables injerencias en su trabajo harán posible que aquello que teórica y filosóficamente entendemos por Justicia no pase a ser un simple anhelo, un etéreo sueño a la vista de la realidad cotidiana que trata de aparentar -sin éxito para quienes tengan la verdadera visión de la naturaleza del Derecho- aquello que no es.

“Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos.”

“La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande.”

“Poco bueno habrá hecho en su vida el que no sepa de ingratitudes.”

“Si murmurar la verdad aún puede ser la justicia de los débiles, la calumnia no puede ser otra cosa que la venganza de los cobardes.”

“Es tan fea la envidia que siempre anda por el mundo disfrazada, y nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia.”

“Lo más parecido a la mentira es el silencio, cuando se calla lo que no se quiere decir.”




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 


lunes, 1 de junio de 2026

Don Juan de Austria: un valiente hombre de Estado entre sombras y dificultades

 

Don Juan de Austria (1545/1547 – 1578) es una de las personalidades más importantes y a la vez más sorprendentes de la historia de España, por cuanto hubo de enfrentar conflictos abiertos y a la vez una situación familiar y personal ciertamente complicada, debiendo de luchar mucho para ser reconocido debidamente por sus éxitos. Más bien fue un gran hombre de Estado eclipsado intencionadamente por el poder, que se benefició de sus hazañas, pero a vez recelaba de sus justas aspiraciones.

Don Juan fue hijo ilegítimo de Carlos I de España y hermano por parte de padre del rey Felipe II. Su padrastro lo reconoció formalmente, pero la relación con su medio hermano fue difícil, moviéndose por momentos entre el apoyo y el abandono. Don Juan se formó en la Universidad de Alcalá de Henares y desde el principio dio muestras de coraje para defender y engrandecer su patria. Felipe II le nombró Capitán General del Mar y, desde ese momento, a veces con el favor explícito del rey y otras más veladamente, primero actuó en la rebelión de las Alpujarras contra los moriscos, resultando victorioso, y más tarde en la que fue su mayor gesta, la batalla de Lepanto contra los turcos, formando equipo con Álvaro de Bazán y logrando un legendario éxito, asumiendo Don Juan un papel activo en la confrontación, que se desarrolló tanto en el mar como en el cuerpo a cuerpo. Don Juan descolocaba a los adversarios porque, más allá de su valor e inteligencia militar, veían a un hombre joven y muy apuesto que actuaba como un espadachín, y no llegaban a saber si en efecto formaba parte de la realeza -como así era- o si se trataba de un luchador más, pero con mucha pericia.

Pese a sus logros, el rey le mantenía siempre en un segundo plano. Don Juan, legítimamente, aspiraba tanto a obtener un nombramiento regio como a ser reconocido Infante de España. Pero el rey no se lo concedía. El motivo, tal vez, el temor a una conspiración contra él, porque era perfectamente sabedor de la gran valía de su medio hermano. Alrededor suyo colocó Felipe II a personas que actuaban como infiltrados para tener acceso a las posibles aspiraciones y pensamientos a tal fin de Don Juan. Tal es así que el rey quería tener alejado a Don Juan, y lo envió a Países Bajos, en plena batalla de los tercios viejos de Flandes, no tanto ya para que estuviera al mando sino para que asumiera lo que allí pudiera ocurrir, aparte de tenerle lejos porque muy posiblemente lo consideraba una amenaza para su propio trono. De hecho, pese a sus peticiones de que se le enviase dinero para la batalla, no fue así, y en un episodio un tanto turbio el secretario de Don Juan, que se había quedado en España, fue asesinado. Hoy podríamos decir que Don Juan fue sometido a una estrategia de “hacer la cama”.

Don Juan de Austria falleció con una historia sobresaliente de éxitos militares, pero con una gran decepción por la forma en la que fue tratado y no suficientemente reconocido. Se dice que sus últimos días, aparte de la enfermedad física, vinieron acompañados de depresión.

Fue, ciertamente, un ejemplo de hombre de Estado, pues, al margen de sus ambiciones, no puede olvidarse que, desde muy joven, algo había en él que le impulsaba a ponerse al mando y a dirigir muy complicadas batallas, lo que solo tiene su origen en el equivalente a la vocación: la búsqueda de un bien superior, el de su patria.

Esta es una forma de ética pública, que no está reñida con la justa recompensa y reconocimiento de los méritos. Muy por el contrario, y en paralelo: el comportamiento de quien, conocedor de la valía personal y de los éxitos profesionales de los suyos, no les coge de la mano y les impulsa hacia arriba en su carrera, incurre en la más perfecta forma de deslealtad institucional y, lejos de actuar con la debida ética como servidor público, mancha con sus miedos y envidias personales un principio muy superior a él mismo y que debiera de guiar su proceder: dotar a un Estado de los mejores a su frente. Porque en ellos está el prestigio y el futuro de una nación.

Como puede comprobarse, en todas las dinámicas históricas y acontecimientos siempre late una cuestión finalmente ética, que es la que determina, por su base, todo lo que con posterioridad ocurre. Y también es de ver que la sociedad, sus políticos y el mundo, en general, no han cambiado demasiado.

“No hay lugar para el miedo cuando se defiende lo justo.”

"Ya no es hora de deliberaciones, sino de combate."

"No estamos luchando solo por la victoria, sino por la supervivencia misma de la cristiandad. Vamos a luchar con valor, con honor y con fe. ¡Vamos a vencer o morir!"

"Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión a que, con arrogancia impía, os pregunte el enemigo: ¿Dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, que muertos o victoriosos gozaréis de la inmortalidad".




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 




 

viernes, 1 de mayo de 2026

Ulpiano: cuando la ética jurídica choca con el poder

 

En el campo del Derecho una de las personalidades históricas más relevantes es Domicio Ulpiano (170-228), abogado romano que vivió entre los mandatos de Caracalla y Alejandro Severo. Como ocurrió con otros insignes representantes de la conjugación entre pensamiento y norma jurídica -algo que conlleva, necesariamente, a una inquietud intelectual que no es compatible con la injusticia propiciada por el poder- no fue la suya, en efecto, una vida pública que navegase en aguas tranquilas. Durante un periodo de tiempo desapareció voluntariamente del escenario político dado que la sangre de su maestro Papiniano ya había corrido, y fue entonces, en esa especie de retiro, cuando Ulpiano generó su mayor producción literaria y jurídica, que ha dado las bases esenciales para la ciencia del Derecho. Más tarde, el jurista fue rescatado de un exilio -esto es: ahora sí forzado- al que le había sometido el emperador Heliogábalo -muy probablemente por falta de afinidad, pues este emperador también tenía muchas más sombras que luces- y entró a formar parte del círculo cercano de un dirigente algo más cabal, Alejandro Severo, quien sí supo valorar su altura profesional y humana, y lo posicionó como altísimo cargo, en calidad de prefecto del pretorio.

Es necesario poner de manifiesto que Ulpiano tuvo en su maestro un ejemplo determinante de lo que luego sería su obra y el trasfondo de la misma, pues Papiniano -al que se considera otro de los más grandes juristas del Derecho Romano- fue asesinado por negarse a justificar la muerte de Geta a manos de su hermano Caracalla, emperador con el que Ulpiano hubo de lidiar un tiempo. Por lo tanto, es un dato relevante que aquel jurista no se vendió por un puesto, ni se achantó aun sabedor de las consecuencias de no emplear el discurso forense para justificar un crimen, extremo que apunta al fundamento esencial de la creación y aplicación de todo Derecho.

Ulpiano fue un jurista que se caracterizó, sobre todo, por ser muy claro. Era directo en lo que expresaba, con palabras y textos de fácil comprensión, pero al mismo tiempo, profundo: poseedor de la infrecuente virtud de poder expresar de forma diáfana lo técnicamente complicado, también recopiló la doctrina de su maestro y de otros juristas, constituyéndose, así, en un paradigma de jurisconsulto tal y como quedó patente en el Compilación de Justiniano.

En su obra jurídica trató muy diversos aspectos, pero lo que considero más importante del aporte de Ulpiano para el Derecho ésta en otro plano diferente.

El jurista, que era un valedor de la ética personal y pública en la vida, no pudo dejar de enfrentarse a los abusos de poder que ciertos colectivos venían practicando al haberse visto respaldados por anteriores dirigentes. En particular, Heliogábalo había dotado de muchos privilegios a la guardia pretoriana, y bajo esa cobertura, quizá considerándose intocables para hacer lo que estimasen oportuno, Ulpiano muy probablemente empezó a ver el desvío al que lleva el poder, la corrupción en el estrato militar, la separación progresiva de la rectitud ética en el cumplimiento de sus funciones y trató de frenarlo. Así, los pretorianos le pusieron en el punto de mira, y al poco tiempo acabaron con él en presencia del mismo emperador Alejandro Severo.

Con esta forma de entender el Derecho, con estos precedentes vitales, no puede sorprender que Ulpiano posicionase a la ética por encima del poder y también de la norma escrita, de forma tal que si los dos últimos no se basan en la rectitud moral, se incumplirá el elemento ontológico esencial para que el Derecho sea lo que, solo en apariencia, dice ser, convirtiéndose en el mero revestimiento formal de la conveniencia de un dirigente, en la legitimación del atropello de los derechos del conjunto de la sociedad y, en definitiva, en lo opuesto a la justicia.

No puede ser de otra manera. Ulpiano hizo un testamento para la humanidad: el sentido filosófico del Derecho, que parte de una triple premisa: vivir siempre honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo, su derecho (Honeste vivere, alterum non laedere, cuique suum tribuere). Estos principios no son jurídicos. Son principios éticos, filosóficos, y solo su realización en las relaciones humanas origina unas normas jurídicas correctas, por cuanto ajustadas a su finalidad, que no es otra que lograr una convivencia pacífica, una resolución justa de los problemas y una garantía frente a la desviación a la que tiende todo poder.

Solo la honestidad, como decía el jurista, lleva al equilibrio, y, por ende, a la verdadera justicia.

Estos principios laten desde hace miles de años en la cultura occidental, atraviesan las corrientes de pensamiento y están en el poso común de todos los ordenamientos jurídicos, participando de una naturaleza no legal, sino filosófica, y por ello, afortunadamente, no dejan de vivir pese a nuevos Heliogábalos o Caracallas que pretendan otros fines, ya sea de forma directa o velada, y a los que la humanidad tiene que encarar en su devenir histórico: ayer, hoy y siempre.

Iustitia est constants et perpetua voluntas ius suum quique tribuendi.

"Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno su derecho."

 

Mores sunt tacitus consensus populi longa consuetudine inveteratus.

"Las costumbres morales son un tácito acuerdo del pueblo arraigado tras una larga práctica." 

Consuetudo omnium nec publicas leges tollere.

El derecho público no puede ser cambiado por pacto de particulares.”





Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 




miércoles, 1 de abril de 2026

Heráclito: enigma y cambio constante

 

Heráclito (535 a.C. – 480 a.C.) es una figura filosófica con un nivel de relevancia tan alto como lo es lo enigmático de su vida y su obra. Nació en Éfeso y tuvo un carácter muy particular, muy difícil: era prácticamente un renegado del mundo; misántropo convencido, decepcionado con el comportamiento humano, decidió abandonar una vida acomodada, que estaba a su alcance, y convertirse en ermitaño, siendo autodidacta y expresando sus pensamientos a través de aforismos sumamente crípticos, como si se tratase de un oráculo. Pese a ello, el legado de Heráclito se extendió desde los máximos representantes de la filosofía griega hasta la misma actualidad.

Realizó su obra de una manera que parecía reservada a quienes tuvieran un conocimiento especial, el acceso a ciertas claves intelectuales que no todos podían asumir. Es por ello por lo que recibió el apodo de “El oscuro”,  y también “El filósofo que llora”, en alusión a su frustración con el ser humano, la política y las convenciones sociales. El fundamento de sus tesis filosóficas se encuentra en el concepto de la unidad de los opuestos y, sobre todo, en el cambio, en el inexorable devenir.

La realidad nace de la confrontación eterna de los contrarios. No existe, ni es concebible, un hecho y su consecuencia si previamente no se ha producido una colisión entre lo positivo y lo negativo, entre la tesis y la antítesis, entre el bien y el mal. Así, puede comprenderse que para que exista una norma penal que sancione el delito, previamente su cara opuesta, su versión negativa, el delito, debe aflorar en la realidad. El Derecho es la respuesta al caos, al mal. Todo en la naturaleza surge y se predetermina a través de esta oposición, y desde ese aparente caos surge el principio del orden, siendo, todo, un camino ya fijado por la naturaleza. Y, junto con este primer principio, está aquél que construye el pensamiento de Heráclito: el cambio.

La vida es, esencialmente, falta de fijeza, devenir constante, pese a que se piense -bajo la relativa variable tiempo- que no es así. No hay eternidad en el estado de las cosas, sino cambio perpetuo, aunque no llegue a apreciarse en ocasiones porque la propia existencia humana dura menos que el cambio mismo. El filósofo consideraba al fuego como el elemento primigenio generador de la realidad, pero no en su sentido físico, sino como un factor totalmente variable, que siempre fluctúa: nunca su llama es idéntica. Así, ni un río es siempre el mismo, porque sus aguas fluyen, ni el hombre que se baña en él es igual antes de entrar en él y al salir.

Ahora bien, pese a este cambio permanente, que define la realidad, hay un extremo, más allá de lo material o de lo visible, que dota de sentido y de coherencia al cambio. El filósofo lo denominaba Logos, palabra que tiene diversas acepciones, y que permiten incluir este término en el ámbito metafísico, en la razón o, incluso, en el componente ético.

Por ello, no puedo dejar de poner de manifiesto que, en el ámbito del Derecho, necesariamente, tiene que existir un Logos, esto es: una razón que permita el orden dentro del cambio, del caos propio de la realidad, que la construye con el tiempo.

No es de extrañar que Hegel considerase en cierta forma a Heráclito como el precedente de su filosofía dialéctica. Todos los cambios, que están naturalmente previstos, son necesarios para la configuración de la misma realidad, al igual que la colisión entre lo positivo y lo negativo, que el conflicto. El Derecho es fruto de esta dinámica, y por ello en modo alguno puede petrificarse, sino ser objeto de una continua evolución o adaptación a las circunstancias. Si la vida es cambio, el Derecho forma parte de la vida, y cambia, a su compás, siguiendo su ritmo, inexorablemente con ella. De otro modo, no sería posible considerar auténtico Derecho a un ordenamiento jurídico inmutable, porque la vida implica adaptarse a los acontecimientos, y es a través de esta adaptación como se edifica la realidad.

Ahora bien, más allá de este cambio determinante del mundo, existe un componente cohesionador que proporciona un orden dentro del devenir. Ese Logos de Heráclito, el filósofo de lo variable, es, para el Derecho, sin duda, el conjunto de principios y valores que trascienden a la norma escrita y que la justifican, al punto de ser ésta una plasmación de tales principios. La ética normativa, el denominado Derecho Natural, originado a través de la razón colectiva, es el cimiento lo suficientemente flexible que permite amoldar la norma al cambio social, pero sin perder el norte, sin eliminar la perspectiva del Derecho, que es la realización de la justicia. Si tales valores no tuvieran esa naturaleza superior y ciertamente de mayor estabilidad ante el cambio de la materia -si bien siendo susceptibles de actualizarse por medio de la razón social, pero sin perder nunca su esencia- el Derecho perdería su Logos, se sumiría en un caos permanente y no sería capaz de producir su fin último.

Creo que la metáfora del fuego que empleó Heráclito se ajusta, a la perfección, al concepto de ética normativa: el fuego, sin dejar de serlo, nunca permanece inmóvil, sino que sus llamas cambian de fuerza, de tamaño, de extensión, pero jamás dejan de dar calor y, sin esa combustión, el Derecho se congela en el tiempo, dejando, así, de ser el instrumento de la justicia.

“Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, hambre y saciedad. Y muda como el fuego”

“Todas las leyes humanas se alimentan de la ley divina.”

“Lo único que es constante es el cambio.”

“Es de sabios prestar oídos no a mí, sino ("al Logos") a la palabra, y reconocer que todas las cosas son una.”

“Porque sin fuerzas de colisión no hay movimientos y no hay realidad.”

“Este mundo siempre fue, es y será fuego eternamente vivo.”




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 



domingo, 1 de marzo de 2026

Álvaro de Bazán: corazón invicto, modelo de servicio

 

Una de las cuestiones más importantes para el correcto funcionamiento de cualquier administración reside en que sus altos cargos y servidores ostenten valores de entrega completa a la causa pública, profesionalidad y dedicación abnegada a su función, junto con la honradez en el desempeño y una cultura humanística. Pues bien, hubo en España un genuino prototipo de tal persona, que, al integrar todas aquellas virtudes, como resultado, trascendió sus propios intereses para consagrar sus fuerzas y su vida a la patria.

Don Álvaro de Bazán y Guzmán (1526-1588), excepcional marino, elevado a la categoría de Capitán General del Mar Océano por el rey Felipe II, marqués y grande de España, no conoció la derrota jamás. Invicto en todas sus gestas para gloria de su tierra, desde niño fue consciente de cuál era la vida en los galeones, y unió en su interior una profunda inteligencia estratégica con un saber humanista que le hizo ser mecenas de importantes escritores. Lope de Vega o Cervantes glosaron sus hazañas. Sus victorias se sucedieron: Lepanto, Isla Terceira, el enfrentamiento con Drake…hasta su coincidencia con otra gran leyenda como fue Don Juan de Austria, ambos unidos en batalla: Don Álvaro de Bazán bajo las órdenes de Don Juan, y éste con el asesoramiento suyo, hicieron un equipo literalmente indestructible. Dos grandes hombres que proyectaron sus vidas más allá del interés personal para salvaguardar el bien colectivo. Solo la salud puso fin al recorrido de ambos.

La personalidad del Capitán General del Mar Océano me lleva, necesariamente, a reflexionar sobre un aspecto crucial en la cosa pública, que no es otro que la necesaria virtud del hombre de Estado, y un concepto de cualificación para desempeñar con dignidad un cargo que no se limita, en absoluto, a lo estrictamente académico.

Bien es cierto que cualquier persona que es designada para ostentar una alta responsabilidad en la administración o incluso para dirigirla desde su cúspide debe contar, sin duda, con una formación y cultura amplias y humanísticas: el conocimiento de la historia, de las letras, de la filosofía, del arte, forjan un carácter sabio y prudente para dirigir un barco sin afanes personalistas y con destino a un buen puerto, sentando las bases necesarias para evitar el desvío del justo camino.

Pero esta premisa, si bien necesaria, no es suficiente.

Algo más caracterizó a Don Álvaro de Bazán; algo que le hizo merecedor de los honores que recibió, y que constituye la razón de fondo por la que su nombre se ha escrito con letras de oro en el libro de la historia de España.

Todo aquello que emprendió, con rotundo éxito, fue promovido por un impulso ético superior a él mismo. No se trataba de su propia persona, de su lucro, de sus títulos o de sus medallas. Las campañas que, una tras otra, le eran encomendadas y él asumía, las llevaba a cabo con una dedicación plena atendiendo a dos motivaciones: el absoluto respeto y lealtad al rey de España y la defensa y engrandecimiento de su patria.

No es óbice para realizar tal afirmación el que se diga que en ciertos momentos de sus gestas, Don Álvaro de Bazán tuviera presuntos desencuentros con el rey o que él no estuviera especialmente satisfecho con los medios que se le proporcionaban, de donde podían proceder esas puntuales diferencias, porque, en este aspecto en particular, primero no hay un parecer uniforme entre los historiadores, y segundo -si bien relacionado estrechamente con lo anterior- la sombra de la envidia, también entonces, como lo hace ahora, se proyecta de forma muy rápida sobre personalidades de bien.

Sí resulta un hecho indiscutible -y ello está en total conexión con la categoría personal de Don Álvaro de Bazán- que durante los muchos años que prestó servicio a Felipe II jamás hubo mácula alguna, nunca los tentáculos de la corrupción hicieron presencia en sus cometidos, como hombre honrado que fue.

Por lo tanto, cuando el delito en todas sus formas -y en especial la corrupción tratándose del ámbito público- hace acto de presencia no debemos estar única y exclusivamente a su materialización, porque ésta no deja de ser el efecto de una causa perversa y primera, que es la depredación de lo público, la carencia de escrúpulos y la podredumbre asentada en el corazón de hombres sin ética en cuyas manos, por desgracia, queda el destino de una nación, y cuya medida en contraste con la dignidad de Don Álvaro de Bazán es menor que microscópica, la propia de los microbios, que no dejan de serlo pese a que aparezcan henchidos o hinchados de sí mismos por sus cargos y sus puestos, pues la hinchazón no es grandeza, sino enfermedad, como diría San Agustín de Hipona. 


El fiero turco en Lepanto,

en la Tercera el francés,

y en todo mar el inglés,

tuvieron de verme espanto.

 

Rey servido y patria honrada

dirán mejor quién he sido

por la cruz de mi apellido

y con la cruz de mi espada.

 

                                                                               Lope de Vega a Álvaro de Bazán





Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 


domingo, 1 de febrero de 2026

José Echegaray: más allá de las matemáticas

 

José Echegaray (1832-1916) fue uno de esos personajes de la historia de España que plasmó con brillantez la necesidad de entender el conocimiento, el saber, de un modo pleno, trascendiendo la especialización. Y también, pero ya por razones externas a su persona, evidenció uno de los eternos vicios del ser humano, al que más adelante me referiré.

Echegaray fue, en su base intelectual, un científico, ingeniero de caminos y profesor de matemáticas, geometría, física, entre otras disciplinas. Esto es relevante al tratarse de una persona que pasó a desempeñar cargos políticos durante el denominado Sexenio Revolucionario, como Director General de Obras Públicas y posteriormente como Ministro de Fomento y de Hacienda. A ello unió su inquietud literaria, junto con una enorme capacidad de trabajo, que fructificó en una prolífica obra escrita, en especial en la faceta de dramaturgo, hasta conseguir el Premio Nobel de Literatura en el año 1904.

Dentro de sus intervenciones parlamentarias, en las que se ponía de manifiesto la categoría intelectual de Echegaray -irrepetible y, por desgracia, después de más de un siglo, sin nadie que consiga hacerle siquiera sombra- tiene una especial trascendencia un debate celebrado el día 5 de mayo de 1869, sobre el proyecto de Constitución revolucionaria, y en particular en cuanto a la cuestión religiosa. Llama poderosamente la atención que la disertación de un hombre de ciencia se fundamente en aspectos meta-normativos, asentados en el ámbito moral, en el derecho natural como principio estructural de aquellos valores primordiales, inmutables y eternos que justifican la existencia de las normas jurídico-positivas como instrumento de defensa y reconocimiento de tales principios. Y esta consideración proviene de un intelectual de la ciencia, por lo tanto, de un empirista o, si se quiere, de un positivista en términos jurídicos. El enlace entre el derecho natural y el derecho positivo, para Echegaray, tiene el rigor de la geometría, de la matemática. Detrás de la ciencia, detrás de la ley, algo más y mucho más relevante justifica la materialización de las normas de una y otra índole:

“(…) la revolución ha proclamado los derechos individuales como derechos superiores a la ley, como derechos superiores al legislador, como derechos superiores a la voluntad de una Cámara, como derechos que no pueden estar al azar de una votación, como derechos que vienen de lo íntimo de la naturaleza humana, que se fundan en las grandes leyes, en las leyes trascendentales que rigen a la sociedad (…)”

Por lo tanto, la razón humana libre -en palabras de un científico-, sin ningún tipo de encorsetamiento dogmático, sin censura, es el fundamento de la creación de esos valores y principios éticos sobre los que las leyes han de edificarse, siendo, a sensu contrario, una ley absolutamente monstruosa, un mero artefacto al servicio del poder adoctrinador de turno, aquella que no permita que desde la razón emanen tales valores esenciales. Estamos, pues, en presencia de un iusnaturalismo racionalista:

“El pensamiento no puede estar encerrado dentro de fórmulas teológicas; el pensamiento necesita espacio, necesita libertad, necesita atmósfera, necesita extenderse, necesita grandes hipótesis, necesita grandes tentativas, grandes equivocaciones a veces; pero necesita equivocarse de esta manera para alcanzar con enérgica fuerza, con fuerza propia, la verdad en la ciencia, la verdad en la filosofía, la verdad en la metafísica. El pensamiento encerrado en moldes teológicos o se ahoga, o en ellos muere por asfixia, o los rompe y estalla: por fortuna la historia nos dice que siempre los ha roto.”

Y consuma Echegaray su intervención con unas palabras que subliman la unión del conocimiento, el entrelazamiento de ciencia y filosofía, de matemática y religión, de convivencia armoniosa y racional del saber, acertando de pleno:

“La ciencia ama la religión, solo que la ama a su manera: no se encierra en ella, no se ahoga en ella; es como el águila, que ama las montañas, que pasa de unas a otras, que se posa un momento en la más elevada, pero que después tiende su vuelo, sube a las nubes, se pierde en el espacio, y las montañas ahí se quedan, colosales.”

Una manifestación metafórica, de corte literario, propia de un Premio Nobel. Cuánto se echan de menos estas intervenciones, hoy imposibles. En aquel momento, cuando la pronunció, según consta en el Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes, todos los diputados aplaudieron a Echegaray, dando muestra de altura intelectual.

Una nobleza de ánimo que, no obstante, en su época tampoco fue la regla general, ni mucho menos, y en eso enlazamos ya con el presente: hubo intelectuales -algunos con cierto renombre entonces y ahora- que, en cuanto conocieron el fallo de la Academia Sueca, ardieron de una manera incontenible, no limitándose a la tan propia expresión de ese conocido mal patrio como es el mirar y callar -en silencios que hablan por sí solos, más bien gritan- sino que excretaron todo tipo de improperios, incluso públicamente, en una clara muestra del sentimiento carcomiente que habría, sin duda, dado lugar a que todos ellos fueran un gran modelo para el pintor francés Théodore Géricault cuando plasmó en el lienzo llamado la monomanía de la envidia a ésta como una mujer de torva y enrojecida mirada que aprieta los labios con rabia simulando -forzando- una sonrisa mientras observa de perfil.

“Con raras excepciones, más he sido un espectador interesado en la tragicomedia de la cosa pública, que un actor que se inspira en su papel” 

“La gratitud es crimen cuando ataja el camino a la justicia.

“Las matemáticas forman una salsa que viene bien a todos los guisos del espíritu. Armonizan con la música y el arte en general.”

“¡La belleza! Lo que es no lo sabemos por ahora con certidumbre matemática; quizá no lo sepamos nunca. Pero la belleza es algo que existe, que palpita en la naturaleza, y que, así como la ola que llega a la playa rompe en espuma…”




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación