Una de las cuestiones más importantes para el correcto funcionamiento
de cualquier administración reside en que sus altos cargos y servidores ostenten
valores de entrega completa a la causa pública, profesionalidad y dedicación
abnegada a su función, junto con la honradez en el desempeño y una cultura
humanística. Pues bien, hubo en España un genuino prototipo de tal persona, que,
al integrar todas aquellas virtudes, como resultado, trascendió sus propios
intereses para consagrar sus fuerzas y su vida a la patria.
Don Álvaro de Bazán y Guzmán (1526-1588), excepcional marino, elevado a
la categoría de Capitán General del Mar Océano por el rey Felipe II, marqués y
grande de España, no conoció la derrota jamás. Invicto en todas sus gestas para
gloria de su tierra, desde niño fue consciente de cuál era la vida en los galeones, y unió en su interior una profunda inteligencia estratégica con un saber humanista que le
hizo ser mecenas de importantes escritores. Lope de Vega o Cervantes glosaron
sus hazañas. Sus victorias se sucedieron: Lepanto, Isla Terceira, el
enfrentamiento con Drake…hasta su coincidencia con otra gran leyenda como fue
Don Juan de Austria, ambos unidos en batalla: Don Álvaro de Bazán bajo las
órdenes de Don Juan, y éste con el asesoramiento suyo, hicieron un equipo
literalmente indestructible. Dos grandes hombres que proyectaron sus vidas más
allá del interés personal para salvaguardar el bien colectivo. Solo la salud
puso fin al recorrido de ambos.
La personalidad del Capitán General del Mar Océano me lleva,
necesariamente, a reflexionar sobre un aspecto crucial en la cosa pública, que
no es otro que la necesaria virtud del hombre de Estado, y un concepto de
cualificación para desempeñar con dignidad un cargo que no se limita, en
absoluto, a lo estrictamente académico.
Bien es cierto que cualquier persona que es designada para ostentar una
alta responsabilidad en la administración o incluso para dirigirla desde su
cúspide debe contar, sin duda, con una formación y cultura amplias y
humanísticas: el conocimiento de la historia, de las letras, de la filosofía,
del arte, forjan un carácter sabio y prudente para dirigir un barco sin afanes
personalistas y con destino a un buen puerto, sentando las bases necesarias
para evitar el desvío del justo camino.
Pero esta premisa, si bien necesaria, no es suficiente.
Algo más caracterizó a Don Álvaro de Bazán; algo que le hizo merecedor
de los honores que recibió, y que constituye la razón de fondo por la que su
nombre se ha escrito con letras de oro en el libro de la historia de España.
Todo aquello que emprendió, con rotundo éxito, fue promovido por un
impulso ético superior a él mismo. No se trataba de su propia persona, de su
lucro, de sus títulos o de sus medallas. Las campañas que, una tras otra, le
eran encomendadas y él asumía, las llevaba a cabo con una dedicación plena
atendiendo a dos motivaciones: el absoluto respeto y lealtad al rey de España y
la defensa y engrandecimiento de su patria.
No es óbice para realizar tal afirmación el que se diga que en ciertos
momentos de sus gestas, Don Álvaro de Bazán tuviera presuntos desencuentros con
el rey o que él no estuviera especialmente satisfecho con los medios que se le
proporcionaban, de donde podían proceder esas puntuales diferencias, porque, en
este aspecto en particular, primero no hay un parecer uniforme entre los
historiadores, y segundo -si bien relacionado estrechamente con lo anterior- la
sombra de la envidia, también entonces, como lo hace ahora, se proyecta de
forma muy rápida sobre personalidades de bien.
Sí resulta un hecho indiscutible -y ello está en total conexión con la
categoría personal de Don Álvaro de Bazán- que durante los muchos años que
prestó servicio a Felipe II jamás hubo mácula alguna, nunca los tentáculos de
la corrupción hicieron presencia en sus cometidos, como hombre honrado que fue.
Por lo tanto, cuando el delito en todas sus formas -y en especial la corrupción tratándose del ámbito público- hace acto de presencia no debemos estar única y exclusivamente a su materialización, porque ésta no deja de ser el efecto de una causa perversa y primera, que es la depredación de lo público, la carencia de escrúpulos y la podredumbre asentada en el corazón de hombres sin ética en cuyas manos, por desgracia, queda el destino de una nación, y cuya medida en contraste con la dignidad de Don Álvaro de Bazán es menor que microscópica, la propia de los microbios, que no dejan de serlo pese a que aparezcan henchidos o hinchados de sí mismos por sus cargos y sus puestos, pues la hinchazón no es grandeza, sino enfermedad, como diría San Agustín de Hipona.
El fiero turco en
Lepanto,
en la Tercera el
francés,
y en todo mar el
inglés,
tuvieron de verme
espanto.
Rey servido y
patria honrada
dirán mejor quién
he sido
por la cruz de mi
apellido
y con la cruz de
mi espada.
Lope de Vega a Álvaro de Bazán






