Don Juan de Austria (1545/1547 – 1578) es una de las personalidades más
importantes y a la vez más sorprendentes de la historia de España, por cuanto
hubo de enfrentar conflictos abiertos y a la vez una situación familiar y
personal ciertamente complicada, debiendo de luchar mucho para ser reconocido
debidamente por sus éxitos. Más bien fue un gran hombre de Estado eclipsado
intencionadamente por el poder, que se benefició de sus hazañas, pero a vez
recelaba de sus justas aspiraciones.
Don Juan fue hijo ilegítimo de Carlos I de España y hermano por parte
de padre del rey Felipe II. Su padrastro lo reconoció formalmente, pero la
relación con su medio hermano fue difícil, moviéndose por momentos entre el
apoyo y el abandono. Don Juan se formó en la Universidad de Alcalá de Henares y
desde el principio dio muestras de coraje para defender y engrandecer su
patria. Felipe II le nombró Capitán General del Mar y, desde ese momento, a
veces con el favor explícito del rey y otras más veladamente, primero actuó en
la rebelión de las Alpujarras contra los moriscos, resultando victorioso, y más
tarde en la que fue su mayor gesta, la batalla de Lepanto contra los turcos, formando
equipo con Álvaro de Bazán y logrando un legendario éxito, asumiendo Don
Juan un papel activo en la confrontación, que se desarrolló tanto en el mar
como en el cuerpo a cuerpo. Don Juan descolocaba a los adversarios porque, más
allá de su valor e inteligencia militar, veían a un hombre joven y muy apuesto
que actuaba como un espadachín, y no llegaban a saber si en efecto formaba
parte de la realeza -como así era- o si se trataba de un luchador más, pero con mucha pericia.
Pese a sus logros, el rey le mantenía siempre en un segundo plano. Don
Juan, legítimamente, aspiraba tanto a obtener un nombramiento regio como a ser
reconocido Infante de España. Pero el rey no se lo concedía. El motivo,
tal vez, el temor a una conspiración contra él, porque era perfectamente sabedor
de la gran valía de su medio hermano. Alrededor suyo colocó Felipe II a
personas que actuaban como infiltrados para tener acceso a las posibles
aspiraciones y pensamientos a tal fin de Don Juan. Tal es así que el rey quería
tener alejado a Don Juan, y lo envió a Países Bajos, en plena batalla de los
tercios viejos de Flandes, no tanto ya para que estuviera al mando sino para
que asumiera lo que allí pudiera ocurrir, aparte de tenerle lejos porque muy
posiblemente lo consideraba una amenaza para su propio trono. De hecho, pese a
sus peticiones de que se le enviase dinero para la batalla, no fue así, y en un
episodio un tanto turbio el secretario de Don Juan, que se había quedado en
España, fue asesinado. Hoy podríamos decir que Don Juan fue sometido a una
estrategia de “hacer la cama”.
Don Juan de Austria falleció con una historia sobresaliente de éxitos militares,
pero con una gran decepción por la forma en la que fue tratado y no
suficientemente reconocido. Se dice que sus últimos días, aparte de la
enfermedad física, vinieron acompañados de depresión.
Fue, ciertamente, un ejemplo de hombre de Estado, pues, al margen de
sus ambiciones, no puede olvidarse que, desde muy joven, algo había en él que
le impulsaba a ponerse al mando y a dirigir muy complicadas batallas, lo que
solo tiene su origen en el equivalente a la vocación: la búsqueda de un bien
superior, el de su patria.
Esta es una forma de ética pública, que no está reñida con la justa
recompensa y reconocimiento de los méritos. Muy por el contrario, y en paralelo:
el comportamiento de quien, conocedor de la valía personal y de los éxitos
profesionales de los suyos, no les coge de la mano y les impulsa hacia arriba
en su carrera, incurre en la más perfecta forma de deslealtad institucional y, lejos
de actuar con la debida ética como servidor público, mancha con sus miedos y
envidias personales un principio muy superior a él mismo y que debiera de guiar
su proceder: dotar a un Estado de los mejores a su frente. Porque en ellos está
el prestigio y el futuro de una nación.
Como puede comprobarse, en todas las dinámicas históricas y
acontecimientos siempre late una cuestión finalmente ética, que es la que
determina, por su base, todo lo que con posterioridad ocurre. Y también es de
ver que la sociedad, sus políticos y el mundo, en general, no han cambiado
demasiado.
“No hay lugar para el miedo cuando se defiende lo justo.”
"Ya
no es hora de deliberaciones, sino de combate."
"No
estamos luchando solo por la victoria, sino por la supervivencia misma de la
cristiandad. Vamos a luchar con valor, con honor y con fe. ¡Vamos a vencer o
morir!"
"Hijos,
a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión a que,
con arrogancia impía, os pregunte el enemigo: ¿Dónde está vuestro Dios? Pelead
en su santo nombre, que muertos o victoriosos gozaréis de la inmortalidad".

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