Entre los escritores españoles galardonados con el Premio Nobel de
Literatura se encuentra un autor muy especial, no solo por su fina ironía, sino
también por ser un fiel cronista de la condición humana y un visionario, pues
lo que refirió en sus obras es atemporal. Jacinto Benavente nació en Madrid, en
la calle del León, en pleno Barrio de las Letras, en el año 1.866. Fue un
hombre muy inteligente que pronto destacó en su condición de dramaturgo, y
llegó incluso a ser sacado a hombros desde el Teatro Lara hasta su casa. No era
para menos, porque Jacinto Benavente, con un estilo ameno, naturalista, alejado
de la filigrana, creaba unas escenas sobre las tablas que, aparte de
entretenidas, eran sumamente próximas y mordaces, poniendo de manifiesto las
muchas vergüenzas de las relaciones sociales, y ello contribuía a que el
público tuviera un especial gusto por sus obras, porque eran en cierta forma
liberadoras y la plasmación de lo que todos veían en la vida real y pensaban de
puertas para adentro.
La malquerida y Los intereses creados son dos de sus producciones más
reconocidas. Esta última me lleva a plantear, como hiciera el propio Benavente,
una reflexión sobre la realidad de las conveniencias sociales y del ejercicio
del poder público.
El argumento de Los intereses creados es conocido: dos amigos
pícaros, Leandro y Crispín, llegan a una ciudad potentada y pretenden hacer
fortuna, pero no en buena lid, sino a base de engaños. Como Leandro es el guapo
del dúo, Crispín le presenta como un galán con dinero y de este modo trata de
obtener prestados muchos beneficios de la alta sociedad de la ciudad, que se
cree, por su apariencia, las milongas que cuenta. Además, trata de emparejarse
con la hija de un rico y lo consigue, aunque más adelante ese emparejamiento
ficticio por parte de Leandro pasa a ser real, su futuro suegro se entera de la
realidad y empieza un juego social, con el poder judicial incluido, en el que
todos los que habían hecho negocios con Leandro al final se hacen los
despistados porque ellos mismos son otros truhanes que han conseguido sus
riquezas de manera oblicua y cuando el asunto llega a un juez por presunta
estafa, éste, influido por el poder económico de la ciudad -es decir, contaminado-
a base de argucias legales y de pomposidades argumentativas dilata todos los
plazos para que el asunto no llegue a ninguna parte y así continúe la dinámica
entre todos, porque en el fondo todos son iguales.
Así pues, Jacinto Benavente está haciendo en Los intereses
creados una genuina
plasmación -humorística, sí, pero muy contundente, hasta llegar prácticamente al
sarcasmo- de lo que es la realidad de las relaciones humanas, para nada aposentadas
en el altruismo, y describir un auténtico sistema encubierto donde la ética
brilla por su ausencia, siendo el principio rector de toda interacción entre
unos y otros el ánimo de lucro, unas veces obteniéndolo y otras en grado de
tentativa, pero esa es la realidad del funcionamiento de la sociedad: el
aprovechamiento en el sentido más amplio del término, hasta lo histriónico,
hasta lo delictivo.
Conclusión de esta puesta en escena de la mano del Premio Nobel es que,
en verdad, él está meramente trasladando a las tablas la obra de teatro, la
simulación, que acontece en la vida corriente, en el día a día.
En aquella época, quizá como única diferencia, se guardaban más las
apariencias, y bajo una pátina de finura y de impostada educación los unos y
los otros se relacionaban entre sí con los mismos objetivos que hoy. Pero en la
actualidad ni siquiera esa muy endeble cobertura se mantiene, porque no se
respetan las formas por la falta completa de educación, de cortesía y el neto
bestialismo de los procederes ya desbocado.
En la esfera pública esto es incuestionable, y el sumo grado de
infiltración de la red clientelar y de intereses que a Benavente inspiró, hoy,
por desgracia, es un lamentable hecho. Solo quienes mantengan la ética por
encima de presiones, ofrecimientos e impresentables injerencias en su trabajo
harán posible que aquello que teórica y filosóficamente entendemos por Justicia
no pase a ser un simple anhelo, un etéreo sueño a la vista de la realidad
cotidiana que trata de aparentar -sin éxito para quienes tengan la verdadera
visión de la naturaleza del Derecho- aquello que no es.
“Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los
buenos.”
“La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor
mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande.”
“Poco bueno habrá hecho en su vida el que no sepa de
ingratitudes.”
“Si murmurar la verdad aún puede ser la justicia de los
débiles, la calumnia no puede ser otra cosa que la venganza de los cobardes.”
“Es
tan fea la envidia que siempre anda por el mundo disfrazada, y nunca más odiosa
que cuando pretende disfrazarse de justicia.”
“Lo
más parecido a la mentira es el silencio, cuando se calla lo que no se quiere
decir.”
