miércoles, 1 de abril de 2026

Heráclito: enigma y cambio constante

 

Heráclito (535 a.C. – 480 a.C.) es una figura filosófica con un nivel de relevancia tan alto como lo es lo enigmático de su vida y su obra. Nació en Éfeso y tuvo un carácter muy particular, muy difícil: era prácticamente un renegado del mundo; misántropo convencido, decepcionado con el comportamiento humano, decidió abandonar una vida acomodada, que estaba a su alcance, y convertirse en ermitaño, siendo autodidacta y expresando sus pensamientos a través de aforismos sumamente crípticos, como si se tratase de un oráculo. Pese a ello, el legado de Heráclito se extendió desde los máximos representantes de la filosofía griega hasta la misma actualidad.

Realizó su obra de una manera que parecía reservada a quienes tuvieran un conocimiento especial, el acceso a ciertas claves intelectuales que no todos podían asumir. Es por ello por lo que recibió el apodo de “El oscuro”,  y también “El filósofo que llora”, en alusión a su frustración con el ser humano, la política y las convenciones sociales. El fundamento de sus tesis filosóficas se encuentra en el concepto de la unidad de los opuestos y, sobre todo, en el cambio, en el inexorable devenir.

La realidad nace de la confrontación eterna de los contrarios. No existe, ni es concebible, un hecho y su consecuencia si previamente no se ha producido una colisión entre lo positivo y lo negativo, entre la tesis y la antítesis, entre el bien y el mal. Así, puede comprenderse que para que exista una norma penal que sancione el delito, previamente su cara opuesta, su versión negativa, el delito, debe aflorar en la realidad. El Derecho es la respuesta al caos, al mal. Todo en la naturaleza surge y se predetermina a través de esta oposición, y desde ese aparente caos surge el principio del orden, siendo, todo, un camino ya fijado por la naturaleza. Y, junto con este primer principio, está aquél que construye el pensamiento de Heráclito: el cambio.

La vida es, esencialmente, falta de fijeza, devenir constante, pese a que se piense -bajo la relativa variable tiempo- que no es así. No hay eternidad en el estado de las cosas, sino cambio perpetuo, aunque no llegue a apreciarse en ocasiones porque la propia existencia humana dura menos que el cambio mismo. El filósofo consideraba al fuego como el elemento primigenio generador de la realidad, pero no en su sentido físico, sino como un factor totalmente variable, que siempre fluctúa: nunca su llama es idéntica. Así, ni un río es siempre el mismo, porque sus aguas fluyen, ni el hombre que se baña en él es igual antes de entrar en él y al salir.

Ahora bien, pese a este cambio permanente, que define la realidad, hay un extremo, más allá de lo material o de lo visible, que dota de sentido y de coherencia al cambio. El filósofo lo denominaba Logos, palabra que tiene diversas acepciones, y que permiten incluir este término en el ámbito metafísico, en la razón o, incluso, en el componente ético.

Por ello, no puedo dejar de poner de manifiesto que, en el ámbito del Derecho, necesariamente, tiene que existir un Logos, esto es: una razón que permita el orden dentro del cambio, del caos propio de la realidad, que la construye con el tiempo.

No es de extrañar que Hegel considerase en cierta forma a Heráclito como el precedente de su filosofía dialéctica. Todos los cambios, que están naturalmente previstos, son necesarios para la configuración de la misma realidad, al igual que la colisión entre lo positivo y lo negativo, que el conflicto. El Derecho es fruto de esta dinámica, y por ello en modo alguno puede petrificarse, sino ser objeto de una continua evolución o adaptación a las circunstancias. Si la vida es cambio, el Derecho forma parte de la vida, y cambia, a su compás, siguiendo su ritmo, inexorablemente con ella. De otro modo, no sería posible considerar auténtico Derecho a un ordenamiento jurídico inmutable, porque la vida implica adaptarse a los acontecimientos, y es a través de esta adaptación como se edifica la realidad.

Ahora bien, más allá de este cambio determinante del mundo, existe un componente cohesionador que proporciona un orden dentro del devenir. Ese Logos de Heráclito, el filósofo de lo variable, es, para el Derecho, sin duda, el conjunto de principios y valores que trascienden a la norma escrita y que la justifican, al punto de ser ésta una plasmación de tales principios. La ética normativa, el denominado Derecho Natural, originado a través de la razón colectiva, es el cimiento lo suficientemente flexible que permite amoldar la norma al cambio social, pero sin perder el norte, sin eliminar la perspectiva del Derecho, que es la realización de la justicia. Si tales valores no tuvieran esa naturaleza superior y ciertamente de mayor estabilidad ante el cambio de la materia -si bien siendo susceptibles de actualizarse por medio de la razón social, pero sin perder nunca su esencia- el Derecho perdería su Logos, se sumiría en un caos permanente y no sería capaz de producir su fin último.

Creo que la metáfora del fuego que empleó Heráclito se ajusta, a la perfección, al concepto de ética normativa: el fuego, sin dejar de serlo, nunca permanece inmóvil, sino que sus llamas cambian de fuerza, de tamaño, de extensión, pero jamás dejan de dar calor y, sin esa combustión, el Derecho se congela en el tiempo, dejando, así, de ser el instrumento de la justicia.

“Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, hambre y saciedad. Y muda como el fuego”

“Todas las leyes humanas se alimentan de la ley divina.”

“Lo único que es constante es el cambio.”

“Es de sabios prestar oídos no a mí, sino ("al Logos") a la palabra, y reconocer que todas las cosas son una.”

“Porque sin fuerzas de colisión no hay movimientos y no hay realidad.”

“Este mundo siempre fue, es y será fuego eternamente vivo.”




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación