Nefertiti, gran reina de Egipto, también llamada
Neferneferuatón Nefertiti (1370 a.C.-1331 a.C.) es una de las personalidades
más fascinantes de la antigüedad, adentrándose en la leyenda desde la historia,
de modo que su existencia terrenal -un hecho acreditado- ha servido de base
para erigir a una figura icónica, cuyo rostro esculpido se adentra en la
eternidad, entre un halo de misterio.
Fue la esposa del no menos sorprendente faraón
Amenofis IV, para la historia Akenatón. Ambos formaron una pareja de reyes que
rompieron los dogmas establecidos poniendo un pie en el futuro, pero esa
fractura con la tradición también soliviantó a quienes hasta entonces
ostentaban el poder fáctico, por lo que la vida de ambos no fue ni duradera ni
fácil.
Formaron un matrimonio que supuso la igualdad de
los dos de cara al pueblo egipcio, de tal modo que Nefertiti y Akenatón se presentaban
como cuasi-dioses en la tierra, y el único y verdadero enlace con el dios Atón,
que se impuso sobre la gran cantidad de deidades hasta entonces existentes.
Así, el primer signo de modernidad, que ya partía de un derecho muy avanzado,
fue el que Nefertiti no era simplemente una reina consorte ocupando un plano
secundario tras Akenatón, sino la gran reina del Egipto, como su esposo también
lo era, y ambos se postulaban como uno, aportando la faceta femenina y
masculina en calidad de complementos configuradores de algo mayor. Frente a
nominales y erróneos conceptos posteriores del feminismo, el ejemplo de
Nefertiti pone de manifiesto que es la complementariedad y no la separación
radical o la diferencia aquello que lleva al progreso; y, entonces como ahora,
pese a ser ésta la verdadera faz del avance social, muchos no soportaban que
los débiles cimientos de sus tesis no menos erróneas por ser más repetidas
fueran puestos en evidencia, lo que llevó a maniobras en contra suya, con
acusaciones de herejía.
No es muy diferente a lo que milenios después
ocurre en la vida pública: quienes se presentan como baluartes del avance, si
ven que aquellos que sí dan el ejemplo con sus vidas de lo que es el verdadero
progreso no se alinean con ellos ni sus hechos se corresponden con sus planes
de consolidación en el poder ni con sus falacias repetidas cual salmo responsorial
borrador de opiniones discrepantes, rápido volcarán todos sus esfuerzos y
maquinaria mediática para calumniar, injuriar y presentar la realidad a su
medida, en una genuina campaña de destrucción personal y pública, evidenciando
que los que se presentan como adalides de la modernidad y del progreso son en
verdad buscadores del retroceso, en tanto les beneficie a título personal,
configurando conceptos jurídicos y filosóficos a la carta, sin importarles un
ápice su desnaturalización y adentrando sus manos en ámbitos de mayor alcance,
como es el de la ética, creando morales ad
hoc según convenga, no titubeando en faltar a la verdad cuando se hace
referencia a conceptos de primer nivel, en tanto que más filosóficos que
jurídicos, como son el de la igualdad y el del feminismo; y todo ello
acompañado, por supuesto, de la revelación de comportamientos por su parte que,
por más que se silencien o disimulen, más pronto que tarde revelan la auténtica
intención, calidad y cara de quien se proclama moralista.
Nefertiti fue madre de seis hijas al menos, y
todos ellos formaban una familia unida, haciendo valer este concepto, el de
familia, como un elemento prácticamente sagrado, un atributo y signo de la divinidad
y de conexión con lo trascendente. De hecho, en los relieves que representan a
los reyes suelen aparecer en escenas con sus hijos, con ellos alrededor y en
sus brazos. Qué se puede decir en unos tiempos en los que el concepto de
familia, que en efecto es la base de la cohesión social y del nacimiento de los
primeros valores, de la educación, se encuentra intencionadamente debilitado,
pues toda división genera debilidad, y esta debilidad es el caldo de cultivo
para el surgimiento de seres que se presenten como salvadores imprescindibles
de una situación por ellos mismos generada. La familia es unión y la unión es
la forja de la sociedad, sin ella no cabe progreso alguno porque, sencillamente,
la sociedad no existe como tal, como civilización que implica; algo muy
diferente de la masa amorfa y brutalizada, que jamás puede llamarse sociedad.
Se dice que Nefertiti desapareció tras el
fallecimiento de su marido, que tuvo lugar en un contexto de grandes intrigas
en su contra por parte de los sectores que veían como el poder que antes detentaban
se diluía para siempre; algunas fuentes afirman que, como consecuencia de la
muerte de una de sus hijas, la gran reina entró en una depresión que nunca
superó, y otros historiadores apuntan a la posibilidad de que Nefertiti hubiera
intentado continuar con el legado de su esposo, bajo el nombre de un misterioso
y transitorio faraón llamado Semenejkara, tras el que se encontraría realmente
ella, si bien Tutankamón tomó el relevo definitivo cerrando una era muy
especial en la historia de Egipto, aunque no del agrado de todos, que,
aliviados, contaron después con alguien al que poder controlar y continuar como
siempre había sido; y si los disconformes estaban bien y conservando el poder,
el pueblo egipcio también lo estaría o habría de asumirlo sin más, restando
únicamente el tratar de enterrar en el olvido a Nefertiti y Akenatón.
Sin embargo, los restos conservados de la gran
reina, cuyo nombre significa “la bella ha llegado”, muestran a quien, en vida,
fue una mujer de rasgos delicados, muy finos, elegantes, y su efigie labrada en
piedra desprende singular belleza, sí, pero también la serenidad y la confianza
de quien, sin duda, sabía que su aportación para la historia sería eterna.
“Me pregunto si
nuestros nombres determinan nuestro destino, o si el destino nos lleva a elegir
ciertos nombres.”
“Pronunciar el
nombre de los muertos es hacerlos vivir de nuevo.”
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