martes, 27 de diciembre de 2022

George Sand: un espíritu revolucionario para cambiar el Derecho

 

George Sand es el seudónimo que empleó Amantine Aurore Lucile Dupin (1804-1876), gran escritora francesa, cuya repercusión, no solo literaria, sino también en lo jurídico, tanto de forma coetánea con su vida, como posteriormente, ha sido de una gran importancia, al haber coadyuvado con su obra y ejemplo vital a la plasmación normativa de los principios de igualdad de derechos entre hombre y mujer. Para ello tuvo que asumir un especial rol, lo que le atribuyó inmortalidad y una personalidad especialísima y diferenciada en la historia.

Aurore nació en una familia muy dispar en su origen. Su madre, humilde, y su padre, de noble condición. En aquella sociedad, ya el matrimonio de sus padres no fue bien visto. Aurore desarrolló un vínculo muy especial con su abuela paterna, mujer liberal y seguidora de las tesis de Voltaire. Todas las vicisitudes familiares de la escritora, desde el fallecimiento por accidente de su padre, a su relación con su madre, fueron tormentosas, de la misma manera que sus relaciones personales. Aurore se formó de manera autodidacta, y adquirió una inmensa cultura, cuestión que ligada a su carácter indómito, dio lugar a que ella misma se convirtiera en un paradigma de la libertad en aquella sociedad de la desigualdad institucionalizada, y abogase de forma permanente por aquella libertad que ella misma personalizaba, por los ideales de la República y por la plena equiparación de derechos en materia de género. Suyas son las novelas Rosa y Blanco, Indiana o Un invierno en Mallorca, entre otras. Desarrolló una actividad periodística importante, a través de la que también actuó como un azote contra la injusticia de su tiempo.

Aurore acostumbró a vestir como un hombre, de forma muy refinada, pero masculina, y así poder introducirse en los ambientes literarios de su tiempo. Su propia presencia era un acto revolucionario. Adoptó un nombre también masculino, George Sand, para rubricar sus obras. De este modo, conseguía acceder a aquellos círculos, lo que para una mujer en aquel entonces era impensable, y al mismo tiempo actuar como un clamor evidenciando la sangrante desigualdad con la que la sociedad procedía respecto de la mujer. Fue, ante todo, una persona libre, y esa libertad se manifestaba en todas y cada una de las vertientes de su vida.

Su estilo literario se enmarcó en el romanticismo, como no podía ser de otra manera, al tratarse de un espíritu idealista, absolutamente libre y pesaroso, melancólico, por las circunstancias personales de su vida y por la consciencia de la desigualdad social en la que irremediablemente tenía que moverse.   

George Sand tuvo que romper con las costumbres y los estereotipos de su época, para conseguir abrir una brecha hacia la igualdad entre hombre y mujer. Es decir, se tuvo que alejar no solo de los usos y normas sociales de entonces, sino oponerse abiertamente a ellos y someterse a todo tipo de críticas. No obstante, muchos intelectuales coetáneos suyos como Balzac, Proust o Flaubert entendieron perfectamente la forma de ser y actuar de la escritora y la respaldaron sin matices. Como ha ocurrido con otros grandes intelectuales, que por sus ideas apoyaron en principio, y desde un prisma filosófico (un tanto ingenuo, por qué no decirlo) algunas revoluciones de corte político, bajo un concepto de socialismo que al final no resultó ser en la práctica en absoluto aquello que ellos defendían, y que veían con estupor que bajo la defensa nominativa de los débiles en realidad se perseguía la toma de posesión del poder aún a costa de esos mismos débiles a los que se decía que se protegía, George Sand se defraudó totalmente de aquel movimiento político, que además resultó en la práctica un completo fracaso, y se dedicó a la literatura, renegando de la política.

La trayectoria vital y literaria de George Sand, una de las más grandes escritoras francesas, me lleva a considerar algunas cuestiones desde un prisma jurídico-filosófico. La primera de ellas tiene que ver con la evidente diferencia entre lo legal y lo legítimo. El que la norma, ya sea ley o costumbre, adquiera una vigencia y por lo tanto una obligatoriedad no significa que sus efectos materialicen la Justicia ni que tales normas tengan, siempre, un punto de partida razonable y que señalen al interés general. Cuántas veces, a lo largo de la historia de la humanidad, apelando a la legalidad vigente, se han cometido auténticos y genuinos atropellos a los derechos humanos y subjetivos, sencillamente porque la ley positiva no obedece al interés de todos (aunque se diga y se repita por el poder que es así) sino solo al interés de algunos; y en cuanto a la costumbre social, si ésta se petrifica, jurídicamente deja de ser costumbre, pues uno de sus elementos configuradores, la opinio iuris, aquél que hace que la colectividad estime que un uso es obligatorio, no es, por esencia, ajeno a las variables del tiempo, de la evolución, del verdadero progreso: si la costumbre no cambia de forma dinámica con el devenir de la historia, ello se debe a que sobre la opinio iuris prevalece el prejuicio, el desconocimiento, la incultura o la ignorancia; esto es: la costumbre pasa de ser norma a convertirse en una simple práctica rancia, que tristemente se mantiene obligatoria a lo largo de los años por mera inercia.

Y en segundo lugar, las vicisitudes y obra de George Sand evidencian algo importante: la verdadera revolución, aquella que es capaz de producir un cambio en el Derecho, para mejorarlo y adecuarlo a los tiempos, protegiendo los derechos de todos, no tiene su origen en iniciativas políticas o que se fomenten desde determinados sectores ideológicos que quieran enarbolar la dirección de la misma, para su mayor gloria; los cambios eficaces tienen su génesis en el ámbito intelectual, desde lo cultural, desde una ética individual y pública que aflora a partir del pensamiento y obra de grandes autores, y desde ahí, generan una corriente social que habilita el cambio desde los propios destinatarios de esas normas injustas. Por ello puede explicarse que el poder siempre actúe sobre el ámbito educativo, para eliminar desde el conocimiento de la misma existencia de tales autores hasta la crítica racional, y de este modo la posibilidad de revoluciones que hagan posible un cambio auténtico y eficaz, en beneficio de todos, y para mejor. Porque es un hecho que todos los cambios favorables para la humanidad han venido como consecuencia del levantamiento de la misma sociedad sometida a la injusticia propiciada por el poder, una vez consciente de ella, y que aquellas otras denominadas “revoluciones” que han promovido algunos, solo han ocasionado la ratificación en el poder de aquellos que las incitaban, así como dolor y perpetuación de la injusticia, eso sí, revestida de formalismo legal.

“¡Ah! ¡Ese Senado es un mundo de hielo y oscuridad! Vota la destrucción de los pueblos como la cosa más simple y sabia; porque sus propios miembros están moribundos.”

“Si las personas no fueran malvadas, no me importaría que fueran estúpidas; pero, para nuestra desgracia, son las dos cosas.”

“Uno es feliz como resultado de sus propios esfuerzos, una vez que conoce los ingredientes necesarios para la felicidad: gustos simples, cierto grado de coraje, abnegación hasta cierto punto, amor por el trabajo y, sobre todo, una conciencia tranquila. La felicidad no es un sueño vago, de eso ahora estoy seguro.”

“El mundo me conocerá y comprenderá algún día. Pero si ese día no llega, no importa mucho. Habré abierto el camino a otras mujeres.”




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 


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