sábado, 24 de diciembre de 2022

Los Caballeros del Zodiaco: una oda a la (verdadera) amistad

 

Los Caballeros del Zodiaco (Saint Seiya en Japón) es un manga del autor Masami Kurumada que adquirió una popularidad muy relevante entre finales de los años 80 y 90 del siglo pasado, en especial a través de su versión anime, esto es, la serie animada del mismo nombre que encandiló a los niños (y no tan niños) de aquellos tiempos.

Desde los ojos de la infancia, esos personajes increíbles llamaban la atención por el efectismo de sus poderes, por la épica de sus batallas, por la música orquestal que acompañaba a las aventuras de cinco chicos huérfanos revestidos de brillantes armaduras de bronce, cada una correspondiente con una constelación del firmamento, que tuvieron que hacer frente a mil y un problemas, a lo que acompañó el espléndido doblaje al castellano con el que la serie se emitió en España.

Pero, atravesando esa superficie, y ya desde la perspectiva de aquél niño que se ha hecho mayor (y cuyo corazón, no obstante, no envejece ni quiere hacerlo), los recuerdos afloran otro tipo de conclusiones, mucho más relevantes y profundas, no ceñidas a la confrontación de poderes entre caballeros, plasmación de la guerra eterna entre el bien y el mal, que ofrecen la verdadera razón de ser de la odisea que a través de imágenes se narraba.

Cinco chicos, muy jóvenes, tienen que entrenar duramente para ganarse la condición de caballeros. Sus armaduras sólo pueden ser empleadas para llevar a cabo la acción de la Justicia. No todos lo consiguen. Incluso deben enfrentarse entre ellos en torneos. En sus entrenamientos, algunos preparadores les enseñan no solo a soportar el dolor, sino a odiar con toda su alma para alimentarse del rencor y hacer de ello su fuerza, como ocurrió con quien luego sería el caballero del Fénix, dotado del poder de renacer de sus cenizas.

A lo largo de la travesía de los personajes, cuatro de los cinco chicos (pues el caballero del Fénix, aparentemente, iba por libre y actuaba con intereses egoístas), que como caballeros tenían el deber de proteger a la diosa Atenea, reencarnada en una joven, se encontraron con que el equivalente al jefe de su gobierno, el Patriarca del Santuario (el representante de Atenea en la Tierra), en una actuación enloquecida, tomó la decisión de asesinarla para hacerse él con todo el poder y llegar a ser un dios. Los cuatro amigos tuvieron que actuar en defensa del bien superior y rebelarse contra toda la estructura de poder, siendo considerados unos traidores al Santuario, de modo que el Patriarca conminó a los guardianes del mismo, los doce caballeros de oro, uno por cada signo zodiacal, a que impidiesen que los verdaderos defensores de Atenea atravesaran cada una de sus casas dispuestas antes de llegar a sus propios aposentos, pues la única forma de salvar a la diosa era llegar a él antes de que transcurrieran doce horas, tiempo en el que la flecha que uno de sus acólitos le clavó en el pecho la atravesaría por completo, y darle muerte.

Quien se encontraba detrás de la máscara del Patriarca Arles no era un ser bondadoso ni, sobre todo, había llegado a ese puesto de una forma legítima. Nadie lo había elegido ni designado, y su verdadera identidad permanecía oculta. En verdad, era un ser corrupto y un asesino, un usurpador del verdadero Patriarca, al que se había encargado de matar para ocupar su lugar; un manipulador que recurría a todas las vías posibles para convencer de la justicia de su causa a los caballeros dorados, a los que empleaba a modo de escudo, aprovechando su más elevando rango y poder, con movimientos a la velocidad de la luz, para evitar que cualquier ataque de los caballeros de bronce “rebeldes” le pudiera siquiera amenazar. Los caballeros de oro se caracterizaban por su lealtad a la diosa, de modo que algunos de ellos, que no se plegaron al engaño, tuvieron que ser sometidos mediante técnicas de lavado de cerebro, como el llamado “puño satánico” de Arles, que hizo que, por ejemplo, el caballero de oro del signo de Leo, uno de los más nobles, quedara al servicio indiscutible del Patriarca.

Con estas premisas, los protagonistas emprenden una lucha en la que los acontecimientos y escenas se suceden: un aspirante a caballero que se antepone al ataque de un dorado sometido por Arles y se sacrifica por su amigo, permitiéndole avanzar; uno de los caballeros de bronce ofrece su calor vital a otro para resucitarle después de haber sido enterrado en un ataúd de hielo, sin importarle las consecuencias; el caballero del Fénix aparece para proteger a otro de los caballeros de bronce, su hermano, y se lleva a un dorado más allá de las estrellas para que los demás puedan seguir su camino; el caballero del Dragón se sacrifica para acabar con el caballero dorado de Capricornio y éste, dándose cuenta del engaño al que estaba siendo sometido al advertir la nobleza de la causa de su contrincante, lo protege cediéndole su propia armadura dorada para evitar que muera; un maestro y un alumno se enfrentan en la casa de Acuario, y se rebela que el caballero de oro de este signo zodiacal, caracterizado por una aparente frialdad, en verdad nunca fue afín a la causa del Patriarca impostor, sino un dulce maestro que sólo quería que su pupilo, el caballero de bronce del Cisne, le demostrarse que podía superarle y ser mejor que él, lo que finalmente consiguió…y así hasta llegar a trono del Patriarca, en un viaje en el que los caballeros de bronce cada vez que caían se levantaban, una y otra vez, de forma invencible, como el yunque que desgasta a los martillos, con una fuerza interior que llegó a superar a los dorados y con el respaldo y apoyo de unos para con otros, hasta el final victorioso en el que, junto con los caballeros de oro, ya éstos sin la venda en los ojos, consiguieron acabar con el malvado Patriarca, que no era sino uno de entre ellos, pero pervertido por sus ansias de poder, que había doblegado su compromiso de poner sólo su armadura a disposición de la Justicia por el servicio a sí mismo, sin importarle nada más.

Los Caballeros del Zodiaco verdaderamente pretendió inculcar en los niños de aquella época una serie de valores muy importantes, que quizá solo con el paso del tiempo, al recordar con nostalgia las vivencias de antaño, y desde la óptica de una persona que ha vivido más, puede entenderse bien que el viaje de aquellos cinco chicos era el mismo viaje de la vida; que la amistad no es un término semántico, un mero brindis al sol, sino la entrega y el compromiso reales por el otro (un mismo alma en dos cuerpos, como dijo Aristóteles); que la falsedad existe en el mundo, y así también el mal; y que la resistencia ante la adversidad por una causa justa y noble, sin desfallecer, a pesar de todas las dificultades que los perversos pongan en la senda que cada uno tiene que recorrer, es lo que construye, fundamenta y diferencia a los seres humanos.  Y, desde un prisma iusfilosófico, la lección a extraer es muy clara: si quien detenta el poder no tiene ningún escrúpulo, esto es, carece de ética, y en lugar de actuar en pro del bien de la comunidad lo hace en beneficio suyo, poniendo de rodillas a todas las instituciones, e instrumentaliza la ley con el único fin de acaparar poder y consolidarse, el Derecho se pervierte y pasa de ser el instrumento de la Justicia a ser el arma de quien, funestamente, dirige el destino de todos.

Por cierto: ¿No resulta llamativo que la saga de las doce casas, como se ha denominado la historia del Patriarca Arles, que antes he apuntado, sea, hoy,  extrañamente familiar?

 

-   Máscara de la Muerte (caballero de oro del signo de Cáncer): “(…) Será que la definición de justicia e injusticia cambia según sea el momento adecuado, tanto así que la historia lo ha probado. Lo que Arles intenta hacer puede parecer maligno y feo, pero si llega a ganar podría parecer un acto de justicia para otros. En otras palabras, el poder lo hace justo a la vista de los demás, si tú pierdes, entonces tú serás el injusto.

-     Dohko (caballero de oro del signo de Libra): Eres un tonto.

-     Máscara de la Muerte: ¿qué has dicho?

-    Dohko: La injusticia jamás se convirtió en justicia. (…) Incluso el Imperio Romano, que tuvo el más grande ejército, fue derrotado y hace mucho que desapareció de la Tierra. Ese es el modo en que el poder de la injusticia decae. La injusticia siempre es injusticia y la justicia verdadera es y será siempre la justicia. Eso no cambia.”

 

“Sé fuerte para que nadie te derrote; sé noble para que nadie te humille; sé humilde para que nadie te ofenda; y sigue siendo tú para que nadie te olvide.” (Camus, caballero de oro del signo de Acuario)

“La vida a veces duele, a veces cansa, a veces hiere; no es perfecta, no es coherente, no es fácil; no es eterna, pero a pesar de todo…la vida es bella.” (Milo, caballero de oro del signo de Escorpio).

“No importa qué tan oscuro sea todo; sólo mira hacia adelante, abre tus alas y vuela hacia tus sueños sin mirar atrás.” (Seiya, caballero de bronce de Pegaso).




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y 
Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 


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