Ha sido un planteamiento no precisamente residual el considerar que
Michel de Montaigne (1533-1592) no puede calificarse como un genuino filósofo, sino
como un escritor que, de una forma peculiar, escribió su autobiografía. Y lo
hizo a través del ensayo, precisamente en un conjunto de obras que denominó
así: Ensayos, por lo que se le considera el
fundador de este estilo literario. No obstante, no descarto que esa opinión
sobre el autor esté en buena medida condicionada por algo que el propio
Montaigne afirmaba que existía en la condición humana: un cierto nivel de
arrogancia, de prepotencia; de tal modo que todo aquello que de alguna manera
se sale de las formas habituales de proceder no tiende precisamente a
ensalzarse, sino a menospreciarse. La realidad es que nuestro pensador francés
fue un humanista en estado puro, pues el objeto de su obra era estudiarse a sí
mismo, pero no como un acto de altanería o de presunción, sino como un
ejercicio honesto para llegar a tomar conocimiento de la realidad por el medio más
cercano posible, que es la propia identidad, el yo, asumiendo virtudes y
también defectos, no descartando las inseguridades o los vicios. Llegó a rubricar,
prácticamente como un lema propio, la siguiente frase: “¿Qué se yo?”, como símbolo de la
consciencia de las limitaciones propias y como acto de humildad. Montaigne, al
estudiarse a él mismo en sus ensayos, estudiaba al género humano.
Y no le faltaba razón en su enfoque: es cierto que quien piensa, quien
filosofa sobre la realidad y los acontecimientos, lo hace desde el puro
subjetivismo, como una manifestación o una emanación de su propia persona. Así
es, y no solo en el ámbito filosófico: cualquier relato, novela, artículo es la
plasmación del autor, de su opinión y hasta de su vida. Por lo tanto, lo que
Montaigne venía a postular es la necesidad de no tomar como objetivo lo que
siempre es subjetivo. Él era sumamente suspicaz con todos aquellos que desde
sus púlpitos (políticos, religiosos) hablaban como si lo que estuvieran
diciendo fuera el paradigma de la verdad, la realidad incontestable. Renegaba
de ello porque lo único que tenía claro es que él mismo – un ser humano, igual
que aquel que se presentaba como paladín de la verdad – era un conjunto de
dudas y de debilidades, de tal manera que si él pontificara o emitiera
afirmaciones irrefutables estaría actuando en contra de su propia naturaleza,
realizando una literal puesta en escena y procediendo con un fin en muy buena
medida engañoso, para así obtener algún tipo de ventaja.
Consecuentemente, Montaigne, hombre muy culto, con un conocimiento
natural del latín, del griego y del francés, fiel seguidor de la filosofía de
los clásicos, desde Séneca a Cicerón, licenciado en Leyes y magistrado, fue un
relativista en todos los ámbitos del conocimiento, lo que necesariamente
conlleva a la crítica, al cuestionamiento de todo, porque ese todo no es sino un
planteamiento construido sobre la base de opiniones de terceros.
Sí había algo en lo que Montaigne no dudaba: la necesidad de que la
vida humana tuviera un soporte ético, siendo este elemento el único que permite
superar la apariencia de una realidad construida a partir del puro subjetivismo
y así sustentar la convivencia, siendo la ética uno de los pocos reductos de
certeza. No creía por ello en Maquiavelo, al considerar que lo que hacía era
describir un comportamiento meramente externo en el campo político (como reino
de las apariencias) pero sin entrar en el fondo, y sí en Cicerón, para quien lo
importante era ser bueno, aunque uno no fuera recordado por ello. Ese humanismo
clásico de Montaigne fue la premisa de su pensamiento ético. Resuena en toda su
obra.
Como magistrado, estos mismos planteamientos los extendió a lo
jurídico. El Derecho es construcción humana, sujeto a cambios por el devenir de
los años y la variabilidad de las manos que ostentan el poder. Solo cierto
fundamento superior al jurídico podrá mantenerse invariable con el tiempo y no
permitir que la ley, como obra humana, se corrompa para atender no a la
justicia, sino a las necesidades de quien la elabora y dicta, y evitará,
también, que quien ha de aplicarlas pueda caer ante la presión o la dádiva. Montaigne
lo conocía muy bien, porque fue jurista teórico y práctico, además de pensador.
En definitiva: la puesta en escena que la vida supone se revela desde
una crítica nacida del conocimiento de uno mismo, pues aquello que brilla y que
se esconde en cada uno también lo hace en los demás, y conlleva a una duda en
cuanto a la rectitud de lo que se hace y a la fehaciencia de lo que se dice que
se proyecta, también, a la justicia.
“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha.”
“Cien veces al día burlamos nuestros propios defectos
censurándolos en los demás.”
“Mil rutas se apartan del fin elegido, pero hay una que
llega a él.”
“Las leyes mantienen su crédito no porque sean justas, sino
porque son leyes.”
“Quien se conoce, conoce también a los demás, porque todo
hombre lleva la forma entera de la condición humana.”
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