El Renacimiento fue una época que, con la perspectiva de los tiempos
corrientes, se echa mucho de menos. Y es duro decirlo, porque se supone que
todo debería haber avanzado exponencialmente desde entonces: conocimientos, tecnología
y, por supuesto, saber estar y comportarse como dignos seres humanos. Desgraciadamente
esto último brilla por su ausencia: basta con salir a la calle, con ver la
situación política, social y educativa. La imagen real que se proyecta es la propia
de un medievo moral vestido de un pomposo disfraz electrónico. El pensamiento y
el esfuerzo han sido desplazados por internet...y resulta que el alcance de la virtud es a
través de la vía del trabajo personal, del compromiso con uno mismo y del
perfeccionamiento, que no es gratis, sino el fruto de una dedicación y de un
pulimiento de la piedra bruta que no tiene lugar por ciencia infusa.
Precisamente un personaje de aquella época ejemplifica muy bien esto a
lo que me refiero. Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) es el exponente
del arte, la personificación de la genialidad en múltiples planos. Ante todo,
Miguel Ángel era escultor, y fue capaz de extraer de fríos bloques de piedra creaciones
a las que les faltaba solo que Dios les insuflara un alma para darles vida. Su
David, su Piedad, su Moisés, son obras que engrandecen al ser humano. Pero
todas ellas procedían no solo del talento. Miguel Ángel era un gran trabajador,
perfectamente consciente de que el esfuerzo y la dedicación eran
imprescindibles para llevar a cabo su tarea. Su personalidad era fuerte, tenía
un carácter recio, primero para consigo mismo y luego con todos los demás. No
tenía reparos en enfrentarse y decirle la verdad a quien correspondiera. Contó
con varios mecenas, entre ellos papas. Y fue precisamente con uno de ellos
cuando tuvo lugar un episodio muy ilustrativo a los efectos que pretendo.
Miguel Ángel recibió el encargo del papa Julio II de realizar los
frescos de la Capilla Sixtina. El papa era una persona de carácter fuerte, y
Miguel Ángel también. Chocaron. Primero, por el hecho de que se le encomendase
llevar a cabo una tarea pictórica, y segundo porque, ya asumida, ciertas ideas
artísticas no eran compartidas.
Sea como fuere, Miguel Ángel se puso con ello, y lo hizo personalmente,
aun siendo escultor, aun siendo un trabajo titánico, durante cuatro años de esfuerzo
personal en unas condiciones bastante difíciles por altura, posición corporal,
perspectivas. Lo consiguió, y creó el exponente de la belleza, además
incluyendo una serie de mensajes propios de un humanista que, veladamente,
suponían mantener su posición frente a la del papa.
Tal era el carácter fuerte del artista que se llegó a hablar de “terribilitá” para hacer referencia a su
obra. Su genio (en sentido propio, me refiero a su carácter) se refleja en sus
esculturas, por lo intensas que son, por lo perfectas que resultan, por la
fuerza que emana de ellas.
Pues bien, el perfeccionismo de Miguel Ángel, su carácter severo, yo no
lo considero en absoluto algo reprochable. Muy por el contrario, habría que
apelar a que hoy siguiera siendo la marca propia del proceder humano. Porque es
el carácter, el compromiso de pulirse a uno mismo, lo que genera el crecimiento
ético de la persona. A base de trabajo, con esfuerzo. Cualquier profesional, si
recibe un encargo, aun cuando no sea de su especialidad, debe eludir la salida
fácil y débil que supone el rechazo y aplicar todos sus esfuerzos a la tarea
encomendada. Eso es lo que determina la diferencia.
La ética se construye como lo hicieron las obras del gran artista
Miguel Ángel: a base de perfeccionismo, de compromiso con uno mismo, de trabajo
duro. Sabiendo que nada es fácil, conociendo que la gloria se alcanza con el
buen y leal desempeño, con desvelos y superación de obstáculos. Esto es
aplicable a todos los aspectos de la vida, porque, al fin y al cabo, es
cuestión ética.
Si la sociedad en su conjunto, en lugar de asumir sin crítica lo que se
le dice, en lugar de esperar lo que no llega o llega bajo condiciones leoninas
-que más tarde se pagan muy caras- supiera y asumiera que solo con su trabajo y
tesón puede construir el sueño de los humanistas de entonces, que no es sino el
esplendor de la humanidad, liberada de influencias e intereses espurios, sin
depender de poder alguno, la actual deriva hacia el abismo cambiaría
completamente. El poder político participaría de la misma ética social fundada
en el trabajo y el Derecho que se derivase reflejaría esa misma moralidad,
común y fuerte, no débil e interesada, orientada en beneficio solo de algunos.
Una añoranza, pues, de esa “terribilitá”, de ese carácter recio y a la vez sabio, inspirado en la búsqueda de
lo mejor de uno mismo y por ende en la exigencia de que todo poder esté a la
altura de la sociedad.
“En cada bloque de mármol veo una estatua tan simple como si
estuviera frente a mí, con forma y perfecta en actitud y acción. Solo tengo que
tallar las toscas paredes que aprisionan la hermosa aparición para revelarla a
los otros ojos como la ven los míos.”
“El mayor peligro para la mayoría de nosotros no radica en
establecer nuestro objetivo demasiado alto y no alcanzarlo; sino al fijar
nuestro objetivo demasiado bajo y lograr nuestra marca.”
“Las promesas de este mundo son, en su mayor parte, vanos
fantasmas; y confiar en uno mismo, y convertirse en algo valioso, es el mejor y
más seguro camino.”
“Si supieras la cantidad de trabajo que hay en ello, no lo
llamarías genio.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario