Existen muchos personajes del medievo que se mueven entre la historia y
la leyenda. Uno de ellos apunta claramente hacia ese segundo lugar, y no, como
otros, de una forma teñida de oscuridad, sino encarnando el referente de una
circunstancia que se puede entender muy bien porque forma parte de la vida: la
decisión ante un dilema.
Alonso Pérez de Guzmán, apodado El Bueno, nació en León en el año 1.256. Fue militar, bajo el mando del gran rey
Alfonso X el Sabio; un hombre leal, reconocido ampliamente por sus nobles
servicios al monarca. Tuvo que intervenir en una esfera compleja, como fue la
rebelión que se tejía contra el rey sabio dentro de su propia familia y que
culminó con la sucesión de Sancho IV en el trono de Castilla. Siendo Guzmán gobernador
de la ciudad de Tarifa, enfrentó la situación por la que es recordado: en
aquellos tiempos, las luchas internas por el poder continuaban, y el hermano
del nuevo rey, aliado con musulmanes del norte de África, pretendió tomar la ciudad
para sí. Consiguió capturar al hijo pequeño de Guzmán y, con él preso, se
dirigió al castillo, y desde allí le gritó al gobernador que, si quería volver
a ver con vida a su hijo, le entregase la ciudad. Guzmán salió del interior y
desde la torre le lanzó una daga para que diera muerte a su hijo, antes de incurrir
en un acto de traición a la corona. Así ocurrió, y Tarifa resistió.
Tras esta gesta, Guzmán recibió su apodo y se le considera un héroe. No
sin razón: basta con ponerse en su lugar y solo el debate interno que ese
hombre tuvo que asumir en aquel entonces justifica un monumento a su persona.
La lectura que permite realizar la hazaña de Guzmán El Bueno es muy
amplia, más allá de la histórica.
La cuestión moral aparece como un pilar maestro de las decisiones más
importantes, en lo personal y en lo público, por más que se quiera desprender el
factor ético de las resoluciones jurídicas y políticas. Esto es un imposible,
por la sencilla razón de que todo ello, desde la situación sobre la que hay que
decidir, hasta la aplicación estricta de la norma o la medida de alcance
público que se adopte son siempre una emanación de la naturaleza humana, y el
elemento moral es algo implícito en ella, lo que la diferencia del animal o de
la máquina.
La decisión tomada por Guzmán, si se ve con la perspectiva del jurista,
confirma, ratifica, que, necesariamente, en la aplicación e interpretación de
una norma existe un elemento de conciencia, subjetivo. Porque en muchas
ocasiones, en efecto, hay que elegir. Y las elecciones a veces son complicadas.
A pesar de que existan pautas, reglas, criterios de valoración probatoria.
Llegado el caso concreto, y el momento de resolver sobre el mismo, hay que
ponderar todos los extremos. No es posible decidir sin factor moral. Porque el
Derecho es el instrumento de la Justicia, y ésta es, esencialmente, una virtud
moral. Hay que escoger el mal menor. Y en ese juego de equilibrios, lo que
separa la decisión de la injusticia es, siempre, el componente ético. Se
fundamentará en pruebas, se revestirá de argumentos, pero, siempre, ante el
dilema, el componente moral debe declinar la balanza. Porque, en caso
contrario, el resultado será fundado en Derecho pero profundamente injusto. Guzmán
tuvo que escoger. Y entre hacer un daño particular y causar un daño global eligió
aquél. No había otra opción: mejor sufrir él, condenarse él para siempre, que sacrificarnos
a todos. En el Derecho esta debe ser también la premisa: la aplicación de la
ley en la búsqueda de la defensa y el resarcimiento del daño que se haya
cometido a bienes jurídicos colectivos, propios de una sociedad en su conjunto,
como la integridad de un Estado, el erario público, la rectitud del buen
funcionamiento de una administración pública, tiene una base moral: detrás está
siempre un valor, un compromiso ético, y en ejecución del mismo, la ley. Si el
reproche jurídico existe es porque, moralmente, la conducta es despreciable.
Y, desde la óptica política, ocurre lo mismo: la idea del hombre de
Estado es aquella que determina que cualquier atisbo de interés personal queda
eliminado ante la primacía de lo público. Guzmán renunció a su propio hijo por
el bien colectivo, por un ideal mayor. Esto ocurrió en la Edad Media. Cuánto me
gustaría no estar seguro de que en pleno siglo XXI y en ciertos países para
nada remotos tal hazaña jamás volvería a producirse llegado el caso. Porque las
expresiones grandilocuentes, la cobardía, el nulo valor de la palabra dada y la
traición disfrazada de diplomacia son la triste realidad de los tiempos
corrientes.
“Matadle con este, si lo habéis determinado, que más quiero
honra sin hijo que hijo con mi honor manchado.”

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