domingo, 21 de agosto de 2022

Gladiator (El gladiador): estoicismo frente a corrupción

 

Gladiator es el título de una película cinematográfica estrenada en el año 2000, bajo la dirección de Ridley Scott y con los actores Russell Crowe (Máximo Décimo Meridio) y Joaquín Phoenix (Cómodo) en estado de gracia. Su argumento gira entorno a la caída y alzamiento del general hispano Máximo, al servicio del emperador Marco Aurelio -atípico dirigente, por cuanto en él la Filosofía y los valores primordiales tenían un mayor peso que las mediocres intrigas- y que, siendo asesinado por su hijo Cómodo, ciego éste de envidia y odio hacia Máximo, a quien el sabio emperador quería como regente una vez falleciera para que llevara a Roma de nuevo a la República, el sucesor autoimpuesto se encargó personalmente de destruir, tanto a él como a su familia, para allanarse el camino hacia el poder. Finalmente, un Cómodo enloquecido no lo consiguió y fue derrotado por Máximo ante el pueblo, si bien tuvo para él un alto coste, el de su propia vida, que quedó con creces compensado al reunirse en el Elíseo con su esposa e hijo.

Conocidas las licencias históricas de la película, es lo cierto que, más allá del contexto narrativo, Gladiator es un filme filosófico y con ello atemporal, pues su mensaje se mantiene fresco con independencia del momento en el que se visualice. Es más, como todas las buenas obras artísticas, a medida que los años pasan adquiere para el espectador una serie de connotaciones que tal vez en un primer momento no se advirtieran, pero que con el devenir de las experiencias personales del día a día hacen ver que aquella historia ubicada en la Roma clásica perfectamente puede tener lugar hoy mismo. Y por ello, la película contiene mensajes para saber cuál ha de ser la actitud ante la injusticia que propicie el poder.

No considero casualidad que el argumento de la película se ubique durante el mandato de Marco Aurelio. Este dirigente fue una de aquellas estrellas fugaces que atravesaron la antigüedad y que dieron luz a un entorno y unos tiempos ciertamente oscuros. Fue uno de los mayores representantes del estoicismo, y sobre la base de esta corriente filosófica, que cuenta con unos valores de carácter muy elevado, se nos presenta a un emperador que es consciente de sus propias debilidades como ser humano, y de lo que el poder puede hacer con un hombre, aunque sea excelente. Es por ello que su deseo era no continuar con el Imperio, pues las desviaciones del camino de la Ética las consideraba garantizadas. La consecuencia inmediata fue que se le consideró un estorbo, y fue asesinado por su hijo, el emperador Cómodo, presentado en la película como un usurpador y ciertamente como un ser depravado desde todas las perspectivas. Cómodo asumió el poder y mantuvo lo que hoy podríamos denominar una intensa campaña de marketing presentándose como un amigo del pueblo, proporcionando entretenimiento (“pan y circo”) mientras los engranajes de la gran máquina imperial, de la Administración, seguían girando independientemente de sus propias y múltiples desviaciones.

Entretanto, Máximo, aquél a quien el emperador formó para llevar a Roma hacia la eternidad, había sido objeto de todo tipo de calamidades a manos del poder de Cómodo: el asesinato de su familia seguido de una completa deshonra, por medio de la pérdida de la libertad y su conversión en esclavo. Esto es, salvo la muerte, nada peor para el Derecho Romano que la pérdida de la condición de persona, con la desaparición del triple estatus (civitatis, libertatis, familiae) pasando a ser una cosa.

La película realmente versa sobre los valores del estoicismo, y personifica en Máximo al paradigma de tales principios, frente a Cómodo, el mayor representante del desvío moral y de la corrupción, fuente de la que dimana la injusticia, al estar dotado de poder.

Máximo Décimo Meridio aglutina en su persona todos los valores estoicos: sabiduría (pues, con inteligencia estratégica, conoce cómo debe actuar ante la arbitrariedad del poder: mediante la condición de esclavo, puede tener acceso a ser gladiador y por lo tanto estar en lugares en los que coincida con Cómodo, a lo que se añade su gran conocimiento y capacidad militar); justicia (esto es, un gran sentido ético, pues conoce y ha sufrido la sensación que produce la corrupción, el mal, en sus propias carnes, y por medio de su acción quiere no solo vengar el daño personal que se le ha causado, sino mantenerse fiel al legado de Marco Aurelio, que no era otro que evitar que con el tiempo los emperadores se corrompieran por efecto del poder y llevaran a Roma a su fin, cuestión ésta que no se aleja en absoluto de la realidad histórica); fortaleza (la capacidad para resurgir, cual ave fénix, de las propias cenizas; levantarse cada vez que se recibe un golpe, pero sin olvidar jamás al responsable) y templanza (como forma de asimilar las embestidas de la injusticia y mantener la estabilidad para planificar con acierto las decisiones).

Cómodo, por contra, es su némesis en sentido integral. Detentador transitorio del poder, no busca en realidad el buen fin de Roma, sino su propia gloria y, ya después, si procede, la de sus afines; carece de ética: es un traidor, asesino de su propio padre, por lo que la confianza en su palabra y en que se mantenga leal incluso con los suyos es una cuestión fortuita y de pura conveniencia: no tiene reparos en destruir, aniquilar, cesar o acabar con aquellos que, actuando bien, le resultan molestos; y si no lo hace, no se trata de que los respete, sino porque, siendo un demagogo, de cara a la galería y por su propio interés no le conviene en ese momento (el ejemplo se da en la escena de la batalla en el anfiteatro de Roma, una vez que Máximo se descubre, revelando su identidad al emperador, y el pueblo clama “vida” para él, viéndose Cómodo obligado a poner el pulgar hacia arriba, no ya porque esté de acuerdo, sino porque no le viene bien a él lo contrario: la cuestión es mantenerse en el poder, a toda costa).

En definitiva, la película contrapone la ética frente a la corrupción, que personifican, a la perfección, protagonista y antagonista. Los principios estoicos, configuradores de la ética más pura, son ciertamente muy complejos de materializar, conociendo la naturaleza humana y la del poder. La combinación de ambos elementos es muy peligrosa, y requiere de seres especiales a nivel moral (pero una moralidad auténtica, predicando con el ejemplo y no con la hueca palabra) para cumplir con el deber que se les asigna.

Desde mi punto de vista, los valores de Máximo son los propios del Derecho Natural, frente a los de Cómodo, que al no conjugarse con aquellos, motivan la injusticia, de tal modo que todas las normas jurídicas y actos administrativos que procedieran de esa fuente de poder, si no son un fruto directo y manifiesto de la corrupción, únicamente guardarían una apariencia de legalidad, para con ello obtener fines egoístas, separados del bien común, al que un dirigente político le debe lealtad de forma exclusiva, por encima, incluso, de sí mismo, y a cuyo cumplimiento solo llevan los más firmes principios de la Ética. Si el Derecho precisa de la Ética para alcanzar la Justicia, con mayor razón aquél que detente el poder de legislar y gobernar debe ser íntegro y honrado, un ejemplo de virtud. Cuando estos extremos pasen de la utopía a la realidad, tal vez entonces se podrá decir, con propiedad, que Gladiator es una película de ficción e histórica.

“El tiempo de honrarte a ti mismo pronto llegará a su fin.”

“Hoy vi a un esclavo volverse más poderoso que el emperador de Roma.”

“Hermanos, lo que hacemos en vida resuena en la eternidad.”

“La valentía más grande del ser humano es mantenerse en pie aun cuando se esté cayendo a pedazos.”




Diego García Paz es Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid 
y Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación 


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